Dos hermanos gemelos abrazados sonríen a cámara, uno viste la camiseta de la selección de Perú (blanca con franja roja diagonal y escudo FPF) y el otro la camiseta de Argentina (celeste y blanca con escudo AFA)

¿Por qué el Perú y Argentina son países hermanos?

Mike Munay

Seguro que has escuchado a un argentino llamar hermanos a los peruanos, y al revés. Es un respeto que ha sobrevivido siglos y se transmite casi sin darse cuenta.

Lo más potente es que mucha gente joven, ajena a los conflictos históricos que lo forjaron, ni sabe de dónde viene esta hermandad. Pero da igual, porque es algo que se hereda. Lleva más de doscientos años pasando de generación en generación, como una memoria que se niega a desaparecer.

Hay lazos que se forjan en la historia, en el sacrificio, en hombres que cruzaron lo imposible por otros. El de Perú y Argentina es uno de ellos. Invisible, firme, irrompible y eterno.

Dentro, historia. Necesitarás más de 20 minutos para terminarte este artículo. Te recomendamos prepararte un buen café y sentarte en tu sofá favorito.

La independencia de Perú

Todo empezó con un hombre nacido en Yapeyú, en la ribera caliente del río Uruguay, muy lejos de los Andes y más lejos todavía de Lima.

El general argentino José Francisco de San Martín y Matorras no tenía por qué liberar al Perú. No era su tierra, no era su gente, no era, en sentido estricto, su guerra. Pero San Martín entendía algo que la mayoría de los generales de su época no lograba ver: que mientras el Virreinato del Perú siguiera en pie, la independencia de todo el continente sería un castillo de arena esperando la marea.

Lima era el corazón del imperio español en América del Sur, la joya más antigua de la Corona, el último bastión desde donde los realistas podían organizar la reconquista de todo lo que los patriotas habían ganado. Había que tomar Lima. Y para tomar Lima, primero había que cruzar los Andes.

Lo que ocurrió entre enero y febrero de 1817 no tiene comparación razonable en la historia militar del mundo.

Napoleón cruzó los Alpes, es cierto, y durante 2 siglos los europeos no se cansaron de celebrarlo. Pero los Alpes tienen pueblos, caminos, posadas donde un ejército puede detenerse a comer pan caliente. Los Andes no. Los pasos que eligió San Martín no tenían población, ni caminos, ni un solo punto de reabastecimiento hasta Chile.

Su ejército, 5.000 hombres acompañados de 1.600 caballos, 600 reses y decenas de miles de litros de vino mendocino cargados a lomo de mula, avanzó durante 21 días por senderos donde solo cabía una fila india, a más de 4.000 metros de altitud, con oscilaciones térmicas de 45º entre el día y la noche. De día, el sol andino quemaba la piel a 30º grados. De noche, el viento helado arrastraba la temperatura a -15º y los hombres dormían apretados unos contra otros para no congelarse.

Se alimentaban de valdiviano, un guiso de campaña hecho con charqui machacado, grasa, cebolla cruda y ajo disuelto en agua hirviendo, que además de calorías ofrecía una ventaja inesperada: el ajo y la cebolla combatían el mal de altura.

Y cuando el soroche golpeaba igual, cuando los pulmones ardían y las piernas no respondían y el vómito vaciaba estómagos que ya estaban vacíos, los hombres seguían caminando. Porque atrás no había nada. Y adelante estaba la libertad de un continente.

San Martín, cuya salud era ya entonces frágil (padecía úlcera, reuma y una lesión pulmonar arrastrada desde sus años en el ejército español), cruzó la cordillera no a caballo, como lo pintan los cuadros oficiales, sino a lomo de mula, porque los caballos no resistían las condiciones de la alta montaña.

Tan solo 4 días después de conseguir cruzar la cordillera andina, el Ejército de los Andes destrozó a las fuerzas realistas en la cuesta de Chacabuco. Luego vino Maipú, la consolidación de Chile, y finalmente, en septiembre de 1820, San Martín desembarcó en la bahía de Paracas (Perú) con más de 4.000 hombres, argentinos y chilenos, bajo el pabellón de una bandera con 3 estrellas que representaban a las 3 naciones unidas en una misma causa. Lima estaba aterrorizada.

Corrían rumores de que el ejército libertador no era más que una horda sanguinaria, formada por indios y negros sedientos de venganza. Pero lo que cruzó las puertas de la capital del antiguo virreinato no fue una turba descontrolada, sino un general argentino que, tras servir durante veinte años en el ejército español, decidió romper con todo para cambiar el curso de la historia.

No llegó como un conquistador, sino como un hombre agotado. Expropió la casa del virrey derrocado, pero apenas la habitó. Se retiró a Magdalena, porque su cuerpo ya no le respondía. Desde allí, casi en silencio, delegó las gestiones cotidianas en sus hombres de confianza mientras él, con la salud al límite, hacía algo mucho más difícil que ganar una guerra: imaginar y diseñar las instituciones de un país que todavía no existía.

El 28 de julio de 1821, San Martín pronunció las palabras que los peruanos llevan grabadas en la memoria colectiva como una cicatriz luminosa: que desde ese momento el Perú era libre e independiente por la voluntad general de los pueblos.

Y lo que hizo después es quizá más grande todavía que la proclama misma.

Asumió el título de Protector, gobernó con un estatuto provisional que los juristas peruanos consideran un antecedente directo de sus constituciones, creó la Biblioteca Nacional del Perú (a la que donó 600 libros de su colección personal, porque creía que el conocimiento era más poderoso que cualquier ejército para sostener la independencia), fundó la Marina de Guerra, estableció la libertad de imprenta, decretó que los hijos de los esclavos nacidos a partir de esa fecha serían libres, abolió el tributo indígena, eliminó la mita y el yanaconazgo. Y cuando comprendió que sus fuerzas no bastaban para derrotar a los realistas atrincherados en la sierra, viajó a Guayaquil, se reunió con Simón Bolívar, le cedió su ejército y se fue. Sin aspavientos, sin reclamar gloria, sin negociar una estatua.

Se fue a Europa, donde murió en 1850, en una casa modesta de Boulogne-sur-Mer (Francia), lejos de todo lo que había construido.

Proclamación de la Independencia del Perú por José de San Martín.
Óleo de Juan Lepiani

Un argentino proclamó la independencia del Perú. Un argentino fundó sus primeras instituciones republicanas. Un argentino donó sus propios libros para que los peruanos tuvieran una biblioteca. Eso no se olvida. Eso no puede olvidarse.

Pero la hermandad entre ambas naciones no se congeló en 1822 como una pieza de museo. A lo largo de los siglos XIX y XX, los hilos siguieron tejiéndose con la paciencia silenciosa de las cosas que importan de verdad.

  • Argentina acogió a más de cien intelectuales peruanos perseguidos durante la dictadura de Manuel Odría en la década de 1950, entre ellos figuras ligadas al movimiento aprista, y el propio Juan Domingo Perón mantuvo una estrecha correspondencia con el líder del APRA, Víctor Raúl Haya de la Torre, llegando incluso a firmar el prólogo de una edición argentina de su obra.
  • Décadas más tarde, los acuerdos de complementación económica del Mercosur abrieron nuevas vías de integración comercial. Más de 300.000 peruanos eligieron Argentina como destino para construir sus vidas, y empresas argentinas se establecieron en territorio peruano llevando inversión y empleo.
  • En los foros internacionales, ambos países han defendido juntos los principios de no intervención, soberanía y solución pacífica de controversias, compartiendo convicciones sin fisuras.

Y sin embargo, si hay un momento en que esa hermandad dejó de ser retórica y se convirtió en algo visceral, tangible, capaz de poner la piel de gallina a cualquiera que conozca la historia, ese momento tiene fecha exacta: 2 de abril de 1982.

Pero eso merece su propio capítulo.

La guerra de las Malvinas

2 de abril de 1982

En Argentina, la dictadura militar de Leopoldo Fortunato Galtieri agonizaba bajo el peso de una economía destrozada, una represión que ya era secreto a voces y un pueblo que clamaba por democracia en las calles de Buenos Aires. Fue entonces, en la desesperación de los regímenes que se saben terminados, cuando la Junta Militar decidió apelar al sentimiento más profundo del alma argentina: la soberanía sobre las Islas Malvinas, aquel archipiélago arrebatado por los británicos en 1833, aquella espina clavada en el Atlántico Sur que llevaba siglo y medio sangrando el orgullo de una nación entera.

El 2 de abril de 1982, tropas argentinas desembarcaron en las islas y se hicieron con el control militar. La Operación Rosario tomó al mundo por sorpresa. Y mientras en Buenos Aires las multitudes se volcaban a la Plaza de Mayo con banderas y lágrimas, en Londres, Margaret Thatcher, la Dama de Hierro, preparaba la respuesta más contundente que el hemisferio sur hubiera visto desde la Segunda Guerra Mundial: una fuerza de combate con portaaviones, submarinos nucleares, destructores y miles de marines, cruzando el Atlántico a toda máquina hacia el fin del mundo.

Argentina necesitaba aliados. Los buscó con urgencia, con la angustia de quien sabe que el reloj corre en su contra. Y descubrió, con la amargura de las verdades tardías, que estaba prácticamente sola. En los años previos, la dictadura había acumulado enemigos como quien acumula deudas: pleitos con Brasil y Paraguay, relaciones casi inexistentes con Cuba, problemas diplomáticos con México, desconfianza con Uruguay. Y con Chile, algo mucho peor.

La traición del otro lado de la cordillera

Chile.

El país con el que Argentina comparte la frontera más larga de su historia, la cordillera que San Martín cruzó para liberar a ambos países.

El país cuya independencia fue posible, en buena medida, gracias al sacrificio de soldados argentinos en Chacabuco y Maipú.

Ese Chile, gobernado en 1982 por Augusto Pinochet, no solo le dio la espalda a Argentina: le clavó un cuchillo mientras le miraba a los ojos.

La relación venía rota desde 1978, cuando ambas dictaduras estuvieron a minutos de una guerra por el canal de Beagle, evitada in extremis por la mediación del Papa Juan Pablo II. Pinochet no había olvidado. Y cuando Galtieri recuperó las Malvinas, el dictador chileno vio la oportunidad perfecta para cobrar viejas facturas. La lógica era fría, quirúrgica, desprovista de cualquier noción de hermandad continental: si Argentina ganaba en las Malvinas, el siguiente objetivo serían las islas del Beagle. Había que asegurarse de que Argentina no ganara.

Días después del la llegada de Argentina a las Malvinas, el embajador británico en Santiago, John Heath, inició conversaciones con el régimen de Pinochet.

El intermediario clave fue el general Fernando Matthei, comandante de la Fuerza Aérea chilena y miembro de la Junta Militar, quien recibió en su propio despacho al capitán Sidney Edwards, jefe de Inteligencia de la Royal Air Force en High Wycombe.

Edwards traía una carta de su comandante en jefe solicitando apoyo. Pinochet dio luz verde de inmediato y ordenó la más estricta confidencialidad. Matthei, años después, no tuvo reparo en confesarlo con una franqueza que aún hiela la sangre en Buenos Aires: declaró públicamente que él hizo todo lo posible para que Argentina perdiera la guerra.

Lo que Chile entregó a Gran Bretaña fue, en términos militares, devastador. Un radar de largo alcance instalado en Punta Arenas permitía a los británicos detectar cada despegue de avión argentino desde Ushuaia, Río Gallegos, Río Grande y Comodoro Rivadavia.

Cada salida, cada misión de ataque de los pilotos argentinos que volaban hacia las islas con el combustible justo para llegar, soltar sus bombas y rezar por volver, era conocida por el enemigo antes de que los aviones cruzaran la costa patagónica. Los británicos tenían alerta temprana. Sabían cuántos venían, desde dónde y por qué ruta. Podían preparar sus defensas, posicionar sus Sea Harrier y activar sus misiles. El propio Sidney Edwards confesó que sin la ayuda de Chile, habrían perdido la guerra.

Aviones Sea Harrier de la fuerza aérea británica

Pero no fue solo el radar.

  • Aviones de la Royal Air Force operaron desde territorio chileno con los colores y las insignias de la Fuerza Aérea de Chile, pilotados por británicos pero disfrazados de chilenos, sobrevolando la frontera para recoger información de inteligencia.
  • Las comunicaciones argentinas en Malvinas eran interferidas permanentemente por corresponsales anónimos que proferían insultos a las tropas desde frecuencias chilenas.
  • La flota de guerra chilena zarpó de Valparaíso con rumbo al sur, operando en silencio de radio, para obligar a Argentina a distraer fuerzas del frente atlántico y cubrir la retaguardia patagónica.
  • Pinochet desplegó tropas en la frontera como quien enciende un fuego en la espalda de alguien que ya está peleando de frente.

A cambio, Gran Bretaña derogó las restricciones de venta de armas a Chile, ofreció uranio enriquecido, un reactor nuclear y, lo más valioso para un dictador acorralado por las denuncias internacionales, apoyo diplomático para neutralizar las investigaciones de Naciones Unidas sobre violaciones de derechos humanos. El precio de la traición estaba pactado en libras esterlinas y en impunidad.

Y así, mientras Chile afilaba cuchillos en la oscuridad, en el otro extremo del continente ocurría exactamente lo contrario.

Perú: la locura más hermosa de la historia militar

Fernando Belaúnde Terry, presidente del Perú, se enteró de la recuperación de las Malvinas y no necesitó que nadie le explicara de qué lado estaba. Lo supo de la misma manera en que se saben las cosas que no admiten discusión: con las tripas, con la memoria, con esa certeza que los pueblos llevan cosida al pecho cuando comparten 200 años de historia. Las Malvinas son argentinas. Y si Argentina las defiende, Perú defiende a Argentina.

Belaúnde intentó primero la vía diplomática.

Desplegó una actividad frenética, llamó a Alexander Haig, secretario de Estado norteamericano, llamó a Galtieri, articuló una propuesta de paz que estuvo a punto de aceptarse el 1 de mayo, antes de que el hundimiento del crucero General Belgrano al día siguiente destrozara cualquier posibilidad de negociación. Pero cuando la diplomacia fracasó y los cañones hablaron, Belaúnde no se refugió en la neutralidad.

Hizo algo que el historiador argentino Hernán Dobry calificó como una locura: poner el nombre de su país al servicio de otro en plena guerra.

La orden que bajó desde el Palacio de Gobierno fue terminante: colaborar en todo lo que fuera posible. Y cuando se dice "todo", conviene detenerse un momento para comprender el alcance descomunal de esa palabra.

Perú firmó órdenes de compra en blanco. Leyeron bien: en blanco.

La Fuerza Aérea del Perú selló y rubricó documentos con espacios vacíos, certificados de destino final sin rellenar, que fueron enviados a Buenos Aires para que Argentina los completara con lo que necesitase comprar, en las cantidades que necesitase, sin informar siquiera al gobierno peruano de qué se trataba. 20 órdenes de compra, firmadas por el ministro de cada arma, con el escudo de la República del Perú estampado sobre papel en blanco.

Que un país soberano entregue su firma y su nombre para que otro país compre armas a su antojo, sin control, sin auditoría, sin conocer siquiera el contenido de lo que estaba avalando, es algo que no tiene precedente conocido en la historia de los conflictos bélicos del mundo. Nadie había hecho eso antes. Nadie lo ha hecho después.

Aquellos documentos sirvieron para triangular la compra de armamento israelí. Gran Bretaña, Estados Unidos, el Commonwealth y la Comunidad Económica Europea habían impuesto un embargo total de armas contra Argentina. Israel estaba dispuesto a vender, pero no podía hacerlo abiertamente sin provocar una crisis con Londres.

La solución fue Perú: las armas se compraban a nombre de Lima, los certificados de destino final decían Perú, los barcos que transportaban los aviones se pintaban con banderas peruanas, los aviones mismos llevaban las insignias de la Fuerza Aérea del Perú. Así viajaron veintitrés aviones Mirage IIIC comprados a Israel por 78 millones de dólares, pagados por anticipado en una cuenta del Credit Suisse porque ningún banco quería abrir una carta de crédito a nombre de Argentina. Así viajaron misiles, municiones, repuestos, turbinas, dos mil máscaras de gas.

Avión Mirage IIIC de la fuerza aérea de Argentina

El Perú, como un hermano mayor que firma un pagaré sabiendo que las consecuencias pueden ser terribles, puso su nombre, su prestigio y su futuro diplomático al servicio de Argentina sin pedir nada a cambio.

Pero ni siquiera eso fue lo más grande.

Los diez de Chiclayo

Lo más grande fue lo que ocurrió en la madrugada del 6 de junio de 1982, en la base aérea de La Joya, a veinte kilómetros de Arequipa, Perú, cuando 10 pilotos de caza de la Fuerza Aérea del Perú subieron a las cabinas de 10 cazabombarderos supersónicos Mirage M-5P que ya no llevaban los colores de su patria.

Recreación del avión Mirage M-5P de la fuera aérea peruana

Las banderas peruanas habían sido reemplazadas por las argentinas. Las matrículas habían sido cambiadas. Los tanques de combustible habían sido ampliados artesanalmente para que las aeronaves pudieran llegar a destino.

Aquellos aviones, que hasta el día anterior pertenecían a los escuadrones 611 y 612 del Grupo Aéreo 6 con base en Chiclayo, habían dejado de ser peruanos en el papel.

Pero los hombres que los pilotaban, los 10 oficiales que se ajustaron los arneses y encendieron los motores Atar en la oscuridad del altiplano, eran peruanos hasta la médula.

Se llamaban Ramiro Lanao, César Gallo Lale, Augusto Mengoni Vicente, Pedro Ávila, Gonzalo Tueros, Pedro Seabra Pinedo, Mario Núñez del Arco, Marco Carranza, Augusto Barrantes y Rubén Mimbela.

Honor para ellos.

La mayoría tenía entre 25 y 30 años. Eran pilotos de combate entrenados, oficiales que habían elegido la aviación militar como forma de vida y que, cuando les comunicaron la misión, no preguntaron por qué. Preguntaron cuándo.

La operación, clasificada como estrictamente secreta, no admitía errores. A sus familias les dijeron que estaban en un entrenamiento de rutina en La Joya. Ni las esposas ni las novias supieron jamás que aquellos hombres estaban a punto de volar 3.000 kilómetros hacia el sur para entregar aviones de guerra a un país en guerra. El teniente Rubén Mimbela, apodado "el Sapo", recibió la responsabilidad de planificar todo: la ruta, los tiempos, las altitudes, los puntos de reabastecimiento. Las instrucciones fueron claras: de la manera más discreta posible, porque había demasiado en juego.

Los 10 aviones despegaron de La Joya en 3 escuadrillas, con una separación de 90 minutos entre cada una para garantizar el sigilo. Volaron a más de 33.000 pies de altitud, con los radares apagados, las radios en silencio absoluto, sin poder pedir auxilio a nadie. La ruta trazada bordeaba la frontera entre Chile y Bolivia, porque si los radares chilenos los detectaban, la operación entera se derrumbaba. Y Chile, como ya sabemos, estaba del otro lado. La colaboración de Bolivia en este punto fue clave, ya que si bien tuvo una postura neutral, abrió su espacio aéreo para que los aviones peruanos pudieran atravesar Bolivia sin ser detectados por los radares chilenos.

Mimbela había calculado cada detalle: la altitud exacta para evitar dejar estelas de condensación que pudieran delatar su posición visualmente, la velocidad precisa para optimizar el combustible, las contingencias en caso de falla mecánica. Un avión monoplaza sobre territorio hostil, sin radio y sin cobertura, es un hombre completamente solo con su máquina y con su decisión.

La primera escuadrilla aterrizó en Jujuy al mediodía.

Allí, en la pista de un aeropuerto del noroeste argentino, ocurrió una de esas escenas que la historia oficial rara vez recoge pero que importan más que cualquier parte de guerra: los pilotos peruanos bajaron de sus aviones y fueron recibidos por pilotos argentinos que llevaban semanas combatiendo en el Atlántico Sur, que habían visto caer a compañeros, que volaban cada día sin saber si regresarían. Los protocolos militares, la marcialidad, las jerarquías, todo se derrumbó en un segundo.

Hubo abrazos. Hubo lágrimas. Hubo hombres de uniforme, entrenados para matar y para morir, que se quebraron al comprender que no estaban solos, que del otro lado del continente alguien había arriesgado su nombre, sus aviones y la seguridad de sus pilotos para decirles que la hermandad no es una palabra vacía.

Al día siguiente, las escuadrillas continuaron hasta la VI Brigada Aérea de Tandil, donde un Hércules L-100 de la Fuerza Aérea del Perú ya había aterrizado con motores de repuesto, tanques de combustible, bombas, misiles aire-tierra AS-30 y 17 técnicos especialistas que se quedarían para enseñar a los argentinos a operar las aeronaves.

Mapa del recorrido de los aviones peruanos hasta ser entregados a las fuerzas aéreas argentinas

El Hércules, para no levantar sospechas, había pedido a la torre de Ezeiza una autorización de aterrizaje de emergencia simulada, usando la matrícula de un avión civil de Aeroperú. En Tandil se completó la entrega de los diez aviones con una ceremonia breve, sin cámaras, sin prensa, sin discursos rimbombantes. Solo dos banderas, dos himnos cantados en silencio y abrazos que decían todo lo que las palabras no podían.

Avión Hércules L-100 de la Fuerza Aérea del Perú

Los Mirage peruanos recibieron las matrículas de los Dagger argentinos derribados durante el conflicto. Fue un gesto deliberado: aquellos aviones venían a ocupar el lugar de los caídos, a llenar los huecos que la guerra había abierto en las alas de Argentina.

Y entonces los pilotos peruanos pidieron algo que nadie esperaba. Pidieron permiso para quedarse. Pidieron volar a las islas. Pidieron combatir junto a sus hermanos argentinos, sin uniforme peruano, como voluntarios, como hombres libres que eligen su guerra. El teniente Gonzalo Tueros lo planteó abiertamente durante el almuerzo en Tandil. El brigadier Basilio Lami Dozo, comandante de la Fuerza Aérea Argentina, tuvo que explicarles lo que ellos ya sabían pero se negaban a aceptar: que si un piloto peruano era derribado sobre las islas y los británicos descubrían su identidad, Gran Bretaña consideraría a Perú un enemigo beligerante. Y aquello podía arrasar con un país entero.

Los pilotos peruanos regresaron a Lima en el mismo Hércules que había traído los materiales. Pero los técnicos se quedaron. Permanecieron en la zona de operaciones hasta después del cese del fuego, el 14 de junio, y no regresaron a su país hasta el 27 de junio, en un vuelo de Aerolíneas Argentinas.

Pedro Seabra Pinedo, uno de aquellos diez tenientes que volaron en silencio sobre el altiplano con las insignias argentinas pintadas sobre metal peruano, guardó el secreto de la operación durante décadas. Lo había prometido. Le habían dicho que no lo comentara ni con la almohada, y cumplió. Años después, siendo ya teniente general y habiendo alcanzado el cargo de comandante general de la Fuerza Aérea del Perú, fue finalmente condecorado por el Estado argentino junto con los otros 9 pilotos, los 17 técnicos y el resto del personal involucrado. En su casa conserva un cuadro del artista peruano Jorge Cerrón en el que se ve su Mirage, el C604, volando sobre la pampa húmeda argentina. En otra obra del mismo artista aparece el general San Martín cruzando los Andes con banderas argentinas y peruanas ondeando sobre el cielo de ambos países.

Porque eso es exactamente lo que hicieron aquellos 10 pilotos: cruzar de nuevo los Andes, como 200 años antes, para pelear por la libertad de un hermano.

  • Mientras Chile vendía la posición de los aviones argentinos a cambio de recursos e impunidad, Perú entregaba los suyos.
  • Mientras un radar en Punta Arenas delataba cada despegue desde Río Gallegos para que los británicos tuvieran tiempo de preparar sus misiles, 10 Mirage peruanos volaban en silencio de radio para que Argentina pudiera seguir peleando.
  • Mientras Pinochet desplegaba su flota para abrir un segundo frente en la retaguardia argentina, Belaúnde Terry ordenaba a la Marina peruana movilizarse a la frontera con Chile y alistarse para atacar si Santiago se atrevía a agredir militarmente a Buenos Aires.

El periodista e historiador Hernán Dobry, que dedicó años a investigar los entresijos de aquella guerra, lo resumió con una frase que se ha convertido en epitafio y en monumento a la vez: lo que hizo Perú fue una locura; nadie pone el nombre de su país para beneficio de otro en una guerra; si buceamos en la historia de los conflictos bélicos del mundo, no encontraremos nada igual.

Tiene razón. No lo encontraremos. Porque lo que Perú hizo por Argentina en 1982 no fue una decisión geopolítica ni un cálculo estratégico ni una maniobra diplomática. Fue lo que hace un hermano cuando otro hermano está en peligro: lo que sea necesario, sin preguntar el precio, sin pedir recibo, sin esperar recompensa.

Y lo que recibió a cambio, 13 años después, fue una puñalada.

Pero esa es otra historia. Y merece, también, su propio capítulo.

La traición argentina en la Guerra del Cenepa

Hay traiciones que se cometen con cuchillos y hay traiciones que se cometen con decretos. Las segundas son peores, porque llevan sello oficial, firma de ministros y el escudo de una república estampado sobre la mentira.

13 años. Eso es lo que tardó Argentina en pagar con la moneda más vil el gesto más noble que un país haya tenido jamás con otro. 13 años separan los Mirage peruanos volando en silencio hacia Tandil de los fusiles argentinos viajando en la bodega de un avión de carga hacia Quito. 13 años entre la mano abierta y el puñal en la espalda.

En enero de 1995, Perú y Ecuador se enfrentaron en la cuenca del río Cenepa, en el lado oriental de la Cordillera del Cóndor, una franja de selva alta donde la niebla se confunde con la pólvora y los hombres combaten entre raíces, barro y lluvias que no cesan.

La guerra del Cenepa fue breve (poco más de un mes), cruenta y técnicamente no declarada: ninguno de los dos países formalizó el estado de beligerancia, pero la sangre que empapó aquellas laderas no entendía de formalismos jurídicos. Soldados peruanos, muchos de ellos jóvenes conscriptos del servicio militar obligatorio, pelearon en condiciones logísticas brutales contra un ejército ecuatoriano que llevaba 14 años preparándose específicamente para ese enfrentamiento, con posiciones defensivas montadas sobre un terreno que favorecía al defensor y líneas de abastecimiento mucho más cortas.

Argentina, junto a Brasil, Chile y Estados Unidos, era garante del Protocolo de Río de Janeiro de 1942, el tratado que había puesto fin a la guerra peruano-ecuatoriana de 1941 y que delimitaba las fronteras entre ambos países.

Ser garante significaba exactamente eso: garantizar la paz, mantener la neutralidad, trabajar para que las diferencias se resolvieran sin armas. Era un compromiso jurídico, diplomático y moral. Un compromiso que, para Perú, tenía además un peso emocional incalculable, ahí estaba Argentina, su país hermano, el país por el que había a arriesgado su nombre, su fuerza aérea y su futuro diplomático apenas 13 años antes.

Carlos Menem, presidente de Argentina, visitó Lima en noviembre de 1994. Alberto Fujimori lo recibió con honores. En una ceremonia privada, el mandatario peruano le impuso la Orden El Sol del Perú en el grado de Gran Cruz con Diamantes, la más alta condecoración que la república puede otorgar a un jefe de Estado extranjero. Menem sonrió para las cámaras, agradeció con palabras solemnes la hermandad entre ambas naciones, estrechó manos, posó para la foto oficial. Dos meses después, su gobierno le vendía armas a Ecuador para su guerra con Perú.

La operación fue deliberada, planificada y ejecutada con la meticulosidad de quien sabe que está cometiendo un crimen.

Menem firmó tres decretos secretos (el 1697/1991, el 2283/1991 y el 103/1995), refrendados por sus ministros de Relaciones Exteriores, Defensa y Economía, Guido Di Tella, Oscar Camilión y Domingo Cavallo, respectivamente, en los que autorizaba la exportación de armamento a Venezuela y Panamá.

Los destinos eran falsos. Venezuela no había pedido ningún armamento y Panamá carecía de ejército desde la invasión norteamericana de 1989.

Las armas, fabricadas en la Fábrica Militar de Río Tercero, en Córdoba, eran trasladadas a esa planta donde se les borraban los números de serie y el escudo argentino, y luego se desviaban hacia sus verdaderos destinos:

  • Croacia, envuelta en las guerras yugoslavas bajo un embargo de armas del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas
  • Ecuador, envuelto en una guerra contra el Perú, el mismo Perú que 13 años antes había firmado órdenes de compra en blanco para que Argentina pudiera seguir luchando.

Los números son escalofriantes por su magnitud y por su cinismo. No fueron 4 pistolas. 75 toneladas de material bélico valoradas en 33 millones de dólares:

  • 8.000 mil fusiles FAL
  • 10.000 mil pistolas
  • 350 morteros
  • 50 ametralladoras pesadas
  • 36 cañones de 105 y 155 milímetros
  • 58 millones de balas
  • 45.000 proyectiles de cañón
  • 9.000 granadas
  • 200 toneladas de explosivos

Todo eso viajó desde Argentina hasta Ecuador mientras soldados peruanos morían en la selva del Cenepa.

El 17 de febrero de 1995, el coronel Rafael López Alvarado, agregado aéreo del Perú en Buenos Aires, entró al edificio Cóndor, cuartel general de la Fuerza Aérea Argentina, para advertir que aviones de carga estaban sacando armamento de Ezeiza con destino a Ecuador.

Le informó al brigadier Roberto Manuel de Saa que la empresa Fine Air, una aerolínea de carga procedente de Miami, haría el traslado ese fin de semana. Lo sabían. Y no detuvieron nada. Los aviones siguieron volando. En total partieron tres antes de que el escándalo estallara en la prensa y la operación se suspendiera. Iban a ser catorce vuelos.

En noviembre de ese mismo año, la Fábrica Militar de Río Tercero voló por los aires. Una explosión colosal destruyó parte de la ciudad, mató a siete personas e hirió a más de trescientas. Menem lo calificó de lamentable accidente. La investigación judicial determinaría, años después, que la voladura fue intencional: alguien quiso destruir las pruebas del tráfico de armas. Siete muertos para tapar un contrabando. Siete familias destrozadas para que los números cuadraran en los inventarios de un arsenal vaciado por decreto secreto.

Cuando el diario Clarín destapó la trama, cuando el periodista Daniel Santoro publicó los hallazgos que había acumulado durante dos años de investigación obsesiva, cuando el abogado Ricardo Monner Sans formalizó la denuncia ante la justicia, la dimensión de la traición se hizo visible en toda su obscenidad. El garante de la paz le había vendido armas al agresor.

El país que debía arbitrar con neutralidad había elegido bando en secreto, y había elegido el bando equivocado: el que estaba atacando al único aliado que lo había apoyado sin condiciones cuando más lo necesitó.

Hernán Dobry, el mismo historiador que investigó los entresijos de la ayuda peruana en Malvinas, recogió un episodio que resume la dimensión moral de aquel desastre mejor que cualquier editorial o sentencia judicial.

Cuando estalló el escándalo, Israel Lotersztain, el intermediario de armas que había participado en la triangulación Perú-Israel-Argentina durante las Malvinas, se presentó furioso en el Estado Mayor argentino y le gritó a un oficial en la cara:

"Tú estabas en la guerra, sabes muy bien lo que los peruanos hicieron, cómo le vas a vender armas al enemigo de ellos; su ayuda es algo que les tendrías que agradecer durante toda tu vida."

Así les pagamos, concluyó Dobry. Les dimos una señal de desagradecimiento.

La justicia argentina tardó más de dos décadas en resolver el caso.

En 2017, Menem fue condenado a siete años de prisión por contrabando agravado de material bélico. Fue la primera vez que un presidente civil argentino recibía una sentencia de cárcel.

Pero un año después, la Cámara de Casación lo absolvió argumentando que el proceso se había demorado más allá del "plazo razonable".

La impunidad llegó vestida de tecnicismo procesal, como suele llegar cuando los poderosos necesitan que la ley mire para otro lado.

Menem murió en 2021 sin haber cumplido un solo día de prisión efectiva por el contrabando de armas.

Y mientras tanto, en Chiclayo, en La Joya, en las bases aéreas donde aquellos diez pilotos peruanos pintaron sus Mirage con insignias argentinas y volaron en silencio de radio sobre los Andes para entregar sus aviones a un hermano en guerra, la memoria de lo que hicieron sigue intacta. Incorruptible. Inmune al paso del tiempo y a la mezquindad de los hombres que no la merecieron.

Víctor Andrés García Belaúnde, sobrino del presidente que ordenó la ayuda de Perú a Argentina, lo dijo con la serenidad de quien sabe que la historia le da la razón:

"Un acto de corrupción no puede empañar una larga historia de hermandad."

Porque lo que hizo Menem no fue lo que hizo Argentina.

Y los primeros en entenderlo así, los primeros en sentir la náusea de esa distinción, fueron los propios argentinos.

Cuando el escándalo estalló en la prensa, cuando los titulares del Clarín pusieron negro sobre blanco lo que había viajado en las bodegas de aquellos aviones de carga, la reacción del pueblo argentino no fue de indiferencia ni de cálculo político. Fue de vergüenza.

Una vergüenza honda, visceral, del tipo que solo se siente cuando descubres que alguien ha actuado en tu nombre para hacer exactamente lo contrario de lo que tú habrías hecho. Los argentinos de a pie no podían comprender cómo su propio presidente había sido capaz de armar al enemigo del único país que los había apoyado sin condiciones.

No les entraba en la cabeza. No les entraba en el pecho. Sentían que alguien les había robado algo más valioso que el dinero de aquellos decretos: les había robado el derecho a mirar a un peruano a los ojos sin sentir que le debían una disculpa.

Y los que peor lo pasaron fueron los argentinos que vivían en Perú. Miles de ellos, emigrados por trabajo, por amor, por la vida. Argentinos que habían hecho de Perú su casa, que se habían casado en Perú, que habían abierto negocios, que criaban hijos bilingües que decían "che" y "pe" en la misma frase. Argentinos que cada 2 de abril recibían abrazos de sus vecinos peruanos.

Esos argentinos, los que sentían la hermandad no como una abstracción histórica sino como el pan de cada día, vivieron el escándalo de las armas como una humillación personal. Como si alguien les hubiera escupido el apellido. Muchos no sabían qué decir cuando sus amigos peruanos les preguntaban, con más dolor que reproche, cómo pudo pasar esto. No tenían respuesta. Porque no la había. Porque lo que Menem hizo no tenía explicación que un hombre decente pudiera ofrecer a otro hombre decente.

La hermandad entre Argentina y Perú no la inventó ningún presidente ni la podía destruir ningún presidente, porque no vivía en los palacios de gobierno sino en las casas de la gente, en las sobremesas donde se contaban las historias de los Mirage, en los estadios de fútbol donde ocurre algo que no ocurre con ninguna otra selección visitante en Buenos Aires.

Cuando Perú juega en Argentina y suenan los primeros compases del himno peruano, la hinchada local no silba, no abuchea, no hace el ruido hostil que reserva para cualquier otro rival. La hinchada argentina aplaude. Aplaude el himno del Perú como quien aplaude a un hermano, y del otro lado los peruanos responden desplegando banderas con el mensaje que ya es tradición sagrada: "Para el Perú las Malvinas son argentinas". Cincuenta mil personas de un lado aplaudiendo, miles del otro recordando. Eso no lo firma ningún decreto. Eso no lo negocia ningún canciller.

Eso es lo que pasa cuando dos pueblos comparten doscientos años de historia y uno de ellos, en el momento más oscuro del otro, decidió que la oscuridad también era suya.

Menem traicionó a Perú. Argentina, no. El pueblo argentino nunca traicionó a nadie. Y cada vez que un argentino le dice a un peruano "gracias por las Malvinas", no está repitiendo una fórmula diplomática: está saldando, con las únicas monedas que valen en este mundo, una deuda que ningún decreto secreto pudo cancelar.

La bandera en el fin del mundo

Hay un lugar en la Tierra donde no queda más tierra. Donde la cordillera de los Andes se sumerge en el océano y el continente se acaba en un filo de roca y viento.

Ushuaia, la ciudad más austral del planeta, el último suspiro de América antes de la Antártida. El lugar donde los carteles dicen "Fin del mundo" y los viajeros se fotografían creyendo que han llegado al borde de todo lo conocido.

En esa ciudad, frente a la Plaza Islas Malvinas, hay otra plaza. Se llama Plaza República del Perú. Fue inaugurada el 2 de abril de 2012, exactamente 30 años después de que las tropas argentinas desembarcaran en las islas, y su existencia obedece a un único propósito: agradecer al Perú por su apoyo durante la guerra del Atlántico Sur.

En ella ondean tres banderas. La argentina. La de la provincia de Tierra del Fuego. Y la peruana. La bandera del Perú flamea en el fin del mundo.

Quien pase por allí y se detenga un momento leerá una placa que dice, con la sobriedad de las cosas que no necesitan adornos: "En honor y agradecimiento al valiente pueblo del Perú por su apoyo y ayuda a la Argentina en defensa de su soberanía en la guerra de 1982".

La bandera que, 30 años después, Argentina devolvió al lugar donde debía estar: ondeando junto a la suya, al pie de las islas, mirando hacia el Atlántico Sur, recordándole al viento y a la historia que hubo un pueblo que no preguntó por qué, que no pidió nada a cambio, y que cuando el mundo entero miró para otro lado, cruzó los Andes una vez más.

Bandera peruana en Ushuaia, Argentina

Una hermandad no se arruina por una decisión personal

En marzo de 2010, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner viajó a Lima. Lo hizo con un propósito explícito que ella misma definió como desagravio institucional y reparación histórica. Al pie del monumento a San Martín, pronunció palabras que intentaban cerrar la herida abierta en 1995. Argentina reconocía, por fin, que la venta de armas había sido ilegal, fruto de la corrupción de individuos concretos y no de la voluntad del pueblo argentino.

Pero las heridas que se abren con decretos secretos no se cierran con discursos públicos. Se cierran con memoria. Con la memoria de una historia común de apoyo bilateral.

Esa es la hermandad entre Perú y Argentina. No la de los tratados ni la de los discursos. La de los hombres que cruzan cordilleras, pintan aviones con colores ajenos y combaten sin que nadie se lo pida en la guerra de un hermano.

Y esa, ni cien decretos secretos podrán borrarla jamás.

La infografía de una historia de hermandad

Hermanos de sangre
y de bandera

Más de 200 años de hermandad entre Perú y Argentina

1820

San Martín desembarca en Paracas

El 8 de septiembre de 1820, José de San Martín llega al Perú con más de 4.000 soldados argentinos y chilenos tras cruzar los Andes y liberar Chile. Es el inicio de la gesta libertadora del Perú.

5.424 hombres cruzaron los Andes
21 días de travesía a 4.000 m de altitud
1821

Independencia del Perú

El 28 de julio, San Martín proclama la independencia. Asume como Protector, crea la Biblioteca Nacional (donando 600 libros propios), funda la Marina de Guerra, decreta la libertad de imprenta y la abolición del tributo indígena.

"Desde este momento el Perú es libre e independiente por la voluntad general de los pueblos"
1950s

Argentina refugia a intelectuales peruanos

Durante la dictadura de Odría, Argentina acoge a más de 100 intelectuales peruanos perseguidos. Perón mantiene correspondencia directa con Haya de la Torre y prologa una edición de su obra.

Lo que Perú hizo por Argentina

"Fue una locura. Nadie pone el nombre de su país para beneficio de otro en una guerra. Si buceamos en la historia de los conflictos bélicos del mundo, no encontraremos nada igual."

Hernán Dobry, historiador argentino

10
cazas Mirage M-5P cedidos, pintados con insignias argentinas
10
pilotos peruanos volaron en silencio de radio sobre los Andes
20
órdenes de compra firmadas en blanco por la FAP
17
técnicos peruanos permanecieron hasta después del cese del fuego

Perú trianguló la compra de armamento israelí por $87 millones a nombre propio

Los pilotos peruanos pidieron quedarse a combatir como voluntarios

Belaúnde ordenó a la Marina movilizarse contra Chile si atacaba a Argentina

El presidente peruano solo aceptó un pago simbólico por los Mirage

Los 10 de Chiclayo

Los pilotos que volaron los Mirage desde La Joya (Arequipa) hasta Tandil (Argentina) el 6 de junio de 1982:

Ramiro Lanao César Gallo Lale Augusto Mengoni Vicente Pedro Ávila Gonzalo Tueros Pedro Seabra Pinedo Mario Núñez del Arco Marco Carranza Augusto Barrantes Rubén Mimbela

Todos fueron condecorados décadas después por el Estado argentino con la Orden Héroes de Malvinas.

Chile

  • Instaló radares británicos en Punta Arenas
  • Aviones de la RAF volaron con insignias chilenas
  • Desplegó su flota hacia la frontera patagónica
  • Interferió las comunicaciones argentinas
  • Recibió a cambio armas, uranio y protección diplomática

Perú

  • Cedió 10 Mirage pintados con colores argentinos
  • Firmó órdenes de compra en blanco
  • Envió pilotos, técnicos, misiles y munición
  • Movilizó su Marina contra Chile
  • No pidió nada a cambio
1995

La puñalada: venta de armas a Ecuador

Durante la Guerra del Cenepa, el presidente argentino Carlos Menem, garante de la paz entre Perú y Ecuador, vendió ilegalmente armamento al enemigo de Perú mediante tres decretos secretos.

6.500 toneladas de material bélico
$33M en fusiles, cañones, morteros y munición

El pueblo argentino repudió la traición. Menem fue condenado a 7 años de prisión en 2017, pero absuelto en 2018 por demoras procesales. Cristina Fernández viajó a Lima en 2010 para ofrecer un desagravio oficial.

2012

La bandera en el fin del mundo

Se inaugura la Plaza República del Perú en Ushuaia, frente a la Plaza Islas Malvinas. La bandera peruana ondea junto a la argentina en la ciudad más austral del planeta.

"En honor y agradecimiento al valiente pueblo del Perú por su apoyo y ayuda a la Argentina en defensa de su soberanía en la guerra de 1982"
Hoy

Una hermandad que se hereda

Cuando Perú juega en Argentina, la hinchada local aplaude el himno peruano. Los hinchas peruanos despliegan banderas que dicen "Para el Perú las Malvinas son argentinas". Más de 300.000 peruanos viven en Argentina. El vínculo sigue vivo, transmitiéndose de generación en generación.

FAQs. Preguntas frecuentes sobre la relación entre el Perú y Argentina

¿Por qué se dice que Perú y Argentina son países hermanos?

La hermandad entre Perú y Argentina nació en los campos de batalla de la independencia y se fue consolidando a lo largo de más de doscientos años de historia compartida. Fue el general argentino José de San Martín quien proclamó la independencia del Perú el 28 de julio de 1821, quien fundó sus primeras instituciones republicanas y quien donó 600 libros de su colección personal para crear la Biblioteca Nacional. Ese origen común, ese sacrificio concreto de hombres que cruzaron lo imposible por otros, forjó un lazo que ha sobrevivido siglos, traiciones y distancias, transmitiéndose de generación en generación como una memoria que se niega a desaparecer.

¿Qué hizo el Perú por Argentina durante la Guerra de las Malvinas?

El apoyo de Perú a Argentina durante la Guerra de las Malvinas de 1982 no tiene precedente conocido en la historia de los conflictos bélicos del mundo. El presidente Fernando Belaúnde Terry ordenó una colaboración sin límites: Perú firmó veinte órdenes de compra en blanco con el escudo de la República estampado sobre papel vacío para que Argentina comprara armamento a su antojo sin siquiera informar al gobierno peruano del contenido. A través de esos documentos se triangularon veintitrés aviones Mirage IIIC adquiridos a Israel por 78 millones de dólares, misiles, municiones y repuestos, todo ello bajo banderas y certificados peruanos. Además, diez pilotos de caza de la Fuerza Aérea del Perú volaron diez cazabombarderos Mirage M-5P con insignias argentinas desde la base de La Joya hasta Tandil, acompañados de diecisiete técnicos que permanecieron en zona de operaciones hasta después del cese del fuego.

¿Quiénes fueron los diez pilotos peruanos que entregaron los Mirage a Argentina?

Se les conoce como "los diez de Chiclayo" y sus nombres merecen ser recordados: Ramiro Lanao, César Gallo Lale, Augusto Mengoni Vicente, Pedro Ávila, Gonzalo Tueros, Pedro Seabra Pinedo, Mario Núñez del Arco, Marco Carranza, Augusto Barrantes y Rubén Mimbela. La mayoría tenía entre 25 y 30 años cuando, en la madrugada del 6 de junio de 1982, despegaron de la base aérea de La Joya, en Arequipa, con los radares apagados y las radios en silencio absoluto, volando a más de 33.000 pies de altitud para no ser detectados por los radares chilenos. Guardaron el secreto de la operación durante décadas, y años después fueron condecorados por el Estado argentino con la Orden Héroes de Malvinas.

¿Por qué hay una bandera de Perú en Ushuaia?

En Ushuaia, la ciudad más austral del planeta, existe la Plaza República del Perú, inaugurada el 2 de abril de 2012, exactamente treinta años después de que las tropas argentinas desembarcaran en las Islas Malvinas. La plaza fue creada con un único propósito: agradecer al Perú por su apoyo incondicional durante la Guerra del Atlántico Sur. En ella ondean tres banderas: la argentina, la de la provincia de Tierra del Fuego y la peruana. Una placa en el lugar reza: "En honor y agradecimiento al valiente pueblo del Perú por su apoyo y ayuda a la Argentina en defensa de su soberanía en la guerra de 1982". La bandera del Perú flamea así en el fin del mundo, mirando hacia el Atlántico Sur, como recordatorio permanente de que hubo un pueblo que no preguntó por qué y no pidió nada a cambio.

¿Qué papel tuvo Chile durante la Guerra de las Malvinas y cómo contrasta con el de Perú?

Mientras Perú entregaba aviones y firmaba órdenes de compra en blanco, Chile, gobernado por Augusto Pinochet, colaboró activamente con Gran Bretaña. Un radar de largo alcance instalado en Punta Arenas permitía a los británicos detectar cada despegue de los aviones argentinos antes de que cruzaran la costa patagónica. Aviones de la Real Fuerza Aérea Británica operaron desde territorio chileno con insignias de la Fuerza Aérea de Chile, y la flota chilena zarpó hacia el sur para obligar a Argentina a distraer fuerzas de su frente atlántico. El propio general Fernando Matthei, miembro de la Junta Militar chilena, confesó públicamente años después que hizo todo lo posible para que Argentina perdiera la guerra. A cambio, Gran Bretaña ofreció armamento, uranio enriquecido y apoyo diplomático para neutralizar investigaciones de Naciones Unidas sobre violaciones de derechos humanos.

¿Qué fue la traición argentina durante la Guerra del Cenepa?

En enero de 1995, trece años después de los Mirage peruanos, el presidente argentino Carlos Menem firmó tres decretos secretos autorizando la venta ilegal de armamento a Ecuador mientras este país combatía al Perú en la cuenca del río Cenepa. El material enviado incluyó ocho mil fusiles, diez mil pistolas, trescientos cincuenta morteros, cañones, cincuenta y ocho millones de balas y doscientas toneladas de explosivos, con un valor total de 33 millones de dólares. La gravedad de la traición radicaba en que Argentina era garante del Protocolo de Río de Janeiro de 1942, el tratado que delimitaba las fronteras entre Perú y Ecuador, lo que la obligaba a una neutralidad activa. Menem fue condenado en 2017 a siete años de prisión por contrabando agravado de material bélico, pero una cámara de apelaciones lo absolvió en 2018 por demoras procesales. Murió en 2021 sin haber cumplido un solo día de cárcel efectiva.

¿Cómo reaccionó el pueblo argentino al conocerse la venta de armas a Ecuador?

La reacción del pueblo argentino ante el escándalo fue de vergüenza honda y visceral. Cuando el diario Clarín reveló los detalles de la operación, los argentinos de a pie no podían comprender cómo su propio presidente había armado al enemigo del único país que los había apoyado sin condiciones apenas trece años antes. Los más afectados fueron los argentinos residentes en Perú, muchos de ellos casados con peruanos, con hijos criados entre ambas culturas, que sentían la hermandad como parte de su vida cotidiana y vivieron el escándalo como una humillación personal. La distinción que muchos hicieron entonces, y que el tiempo ha confirmado, es que lo que hizo Menem no fue lo que hizo Argentina: el pueblo argentino nunca traicionó a nadie.

¿Cómo se manifiesta hoy la hermandad entre Perú y Argentina?

Uno de los gestos más elocuentes ocurre en los estadios de fútbol: cuando Perú juega en Argentina y suenan los primeros compases del himno peruano, la hinchada local aplaude en lugar de silbar, un gesto que no se prodiga con ningún otro rival. Del otro lado, los hinchas peruanos despliegan banderas con el mensaje que ya es tradición: "Para el Perú las Malvinas son argentinas". Más allá del deporte, más de 300.000 peruanos han elegido Argentina para construir sus vidas, y empresas argentinas operan en Perú generando empleo e inversión. En los foros internacionales, ambos países han defendido conjuntamente principios de soberanía y solución pacífica de controversias. En 2010, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner viajó a Lima para ofrecer un desagravio institucional por la venta de armas, reconociendo oficialmente que la operación fue ilegal y fruto de la corrupción de individuos concretos.

¿Cuál fue el papel de San Martín en la creación de las instituciones peruanas?

José de San Martín no solo proclamó la independencia del Perú: la diseñó. Como Protector, gobernó con un estatuto provisional que los juristas peruanos consideran antecedente directo de sus primeras constituciones. Fundó la Biblioteca Nacional del Perú y donó 600 libros de su colección personal porque creía que el conocimiento era más poderoso que cualquier ejército para sostener la independencia. Creó la Marina de Guerra, estableció la libertad de imprenta, decretó que los hijos de esclavos nacidos a partir de esa fecha serían libres, abolió el tributo indígena y eliminó la mita y el yanaconazgo. Cuando comprendió que sus fuerzas no bastaban para derrotar a los realistas en la sierra, cedió su ejército a Simón Bolívar en Guayaquil y se retiró sin reclamar gloria ni negociar honores. Murió en 1850 en Boulogne-sur-Mer, Francia, lejos de todo lo que había construido.

¿Qué importancia tiene el cruce de los Andes de San Martín en la historia militar mundial?

El cruce de los Andes de enero y febrero de 1817 es considerado una de las hazañas militares más extraordinarias de la historia. Un ejército de 5.000 hombres con 1.600 caballos y 600 reses avanzó durante 21 días por senderos donde solo cabía una fila india, a más de 4.000 metros de altitud, con oscilaciones térmicas de 45 grados entre el día y la noche: 30 grados al sol y -15 grados por la noche. A diferencia del cruce de los Alpes de Napoleón, que disponía de pueblos, caminos y puntos de abastecimiento, los Andes no ofrecían nada de eso hasta llegar a Chile. Los soldados se alimentaban de valdiviano, un guiso de campaña con charqui, grasa, cebolla y ajo que, además de calorías, combatía el mal de altura. San Martín, que padecía úlcera, reuma y una lesión pulmonar, cruzó la cordillera a lomo de mula porque los caballos no resistían las condiciones. Solo cuatro días después de lograrlo, su ejército derrotó a las fuerzas realistas en Chacabuco.

Referencias

Hermanos de sangre y de bandera: la historia de la hermandad entre Perú y Argentina

Independencia y gesta libertadora

Cruce de los Andes

Relaciones bilaterales Perú-Argentina

Guerra de las Malvinas: contexto general

Apoyo de Chile a Reino Unido

Apoyo de Perú a Argentina en Malvinas

Venta de armas a Ecuador (Guerra del Cenepa)

Plaza República del Perú en Ushuaia

Manifestaciones de hermandad en el fútbol

Todas las fuentes fueron consultadas entre marzo y abril de 2026. Las URL pueden estar sujetas a cambios por parte de los editores originales.

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1 comentario

Los sentimientos de hermandad de Perú y Argentina son históricos ,y si bien es cierto fueron afectados por el gobierno argentino de Menén , las naciones son cercanas y deberían trabajar fuertemente en mejorar las buenas relaciones en todos los ámbitos ,pues son vitales para el desarrollo y eventualmente defenderse en un entorno global en que las agresiones militares se van volviendo una constante.

Vito

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