Daniel Alcides Carrión, el estudiante que se inoculó una enfermedad mortal para entenderla

Daniel Alcides Carrión, el estudiante que se inoculó una enfermedad mortal para entenderla

Daniel Alcides Carrión nace el 13 de agosto de 1857 en Quiulacocha, un caserío del actual distrito de Simón Bolívar, en la provincia de Pasco. Su padre, Baltazar Carrión Torres, es un médico y abogado nacido en Loja que desde 1853 ejerce de cónsul del Ecuador en Cerro de Pasco. Su madre, Dolores García Navarro, es de la zona. A los ocho años Daniel queda huérfano de padre y sale adelante con el apoyo de la familia materna y, más tarde, de su padrastro Alejandro Valdivieso.

Cerro de Pasco pasa de los 4000 metros de altitud y vive de la plata. Frío que no afloja y jornadas de socavón. Allí, lejos de los centros de poder, se forman generaciones acostumbradas a convivir con la dificultad. En ese paisaje crece Carrión, con una geografía que exige carácter antes que discurso.

El país que le toca es el del guano y de los primeros ferrocarriles, con un Estado todavía armándose y distancias enormes entre la costa y la sierra. Antes de que termine la carrera, ese país entra en la Guerra del Pacífico y ve Lima ocupada. Los chilenos convierten la Facultad de Medicina en cuartel y caballeriza, y los estudiantes siguen las clases en casa de sus maestros.

Su historia empieza en los Andes, en la periferia del poder, en un Perú joven que necesita ciudadanos comprometidos más que héroes. Desde ese Perú se construye el legado.

De la sierra a Lima, la formación de un estudiante de San Fernando

En 1873 Carrión llega a Lima y entra en el Colegio Nuestra Señora de Guadalupe, donde cursa la secundaria hasta 1878 con calificaciones altas. Cuentan sus biógrafos que fue durante el curso de griego cuando añadió Alcides a su nombre, el sobrenombre de Hércules, el hombre de gran temple. El detalle dice bastante de cómo se veía a sí mismo a los quince años.

Después entra en San Marcos, primero en la Facultad de Ciencias y luego en la de Medicina de San Fernando. La guerra le parte los estudios por la mitad. Sirve como practicante y atiende heridos, y cuando en 1883 los chilenos dejan Lima retoma las aulas y las prácticas en el Hospital Dos de Mayo.

Lima le cambia la escala. Allí están las universidades, los hospitales y el saber académico. También la competencia y la falta de redes para un provinciano. Llegar no garantiza nada. Permanecer exige constancia.

En las salas del Dos de Mayo la medicina deja de ser una idea abstracta. Carrión empieza a recopilar historias clínicas de enfermos verrucosos y a anotar lo que ve. La pregunta que va a ocuparle el resto de su vida corta nace ahí, entre camas.

La enfermedad que llegó con el ferrocarril

En enero de 1870 arrancan las obras del Ferrocarril Central, que debe unir Lima con La Oroya. Trabajan en él unos diez mil hombres, llegados de la costa, de Chile y de Macao. En la quebrada de Huarochirí, entre 1870 y 1872, se dispara una fiebre anemizante que mata en semanas. Se le llama fiebre de La Oroya por el destino del tren. Las cifras que manejan los archivos hablan de alrededor de 7000 muertos.

La otra cara del problema era mucho más antigua. La verruga peruana, con sus lesiones rojizas y sangrantes, aparece ya en la cerámica prehispánica de las zonas endémicas y la describen cronistas como Pedro Pizarro y el Inca Garcilaso de la Vega. Rara vez mataba, deformaba el cuerpo y en los valles la conocía todo el mundo.

La medicina de la época veía dos cuadros que no encajaban. Uno fulminante, con fiebre alta, ictericia y anemia profunda. Otro lento, cutáneo y rara vez mortal. La letalidad de la forma aguda sin tratamiento se sitúa, según las series publicadas, entre el 40 % y cerca del 90 %, con los picos más altos cuando se suman infecciones oportunistas.

El mal no era solo un enigma clínico. Vaciaba cuadrillas, frenaba obras y bloqueaba la única vía que conectaba Lima con la sierra central. Sin entender su origen, cualquier medida de control era un palo de ciego.

La pregunta que faltaba por demostrar

Conviene desmontar aquí un lugar común. La idea de que ambos cuadros fueran una sola enfermedad ya circulaba entre médicos peruanos desde mediados de la década de 1870, apoyada en observación clínica de campo como la de Ricardo Espinal. Lo que faltaba no era la hipótesis. Faltaba la prueba.

Entre junio y julio de 1885, la Academia Libre de Medicina convoca un concurso sobre la etiología y la anatomía patológica de la verruga peruana. Carrión, alumno de sexto año, ve la ocasión. Su objetivo declarado era concreto y modesto comparado con la leyenda posterior. Quería describir los síntomas iniciales de la verruga, el periodo que nadie había observado nunca desde el primer día, porque el diagnóstico solo llegaba cuando el enfermo ya tenía las lesiones encima.

Aquí hay un punto en disputa que merece decirse. Una parte de la historiografía médica peruana sostiene que Carrión no diseñó el experimento para demostrar la teoría unicista y que esa conclusión apareció durante el propio proceso, cuando la fiebre grave se instaló en su cuerpo. El médico David Salinas Flores subraya además que no se ha localizado ningún documento con el plan de investigación previo. Otras versiones, más cercanas al relato heroico, presentan la unidad de la enfermedad como el propósito inicial. La primera lectura tiene el respaldo de las fuentes conservadas.

La medida exacta de su mérito no cambia por eso. Cambia el tipo de mérito. Quien se juega el cuerpo para responder una pregunta pequeña y termina resolviendo una grande está haciendo ciencia, no épica.

La decisión de usar el propio cuerpo

El razonamiento de Carrión es directo para su época. En 1885 no existían la microbiología clínica ni los modelos animales que hoy permitirían responder sin arriesgar a nadie. La inoculación en humano era una práctica documentada en la investigación médica del siglo XIX y él dispone de un único sujeto sobre el que tiene control completo.

Sus compañeros intentan disuadirlo. También lo hace el doctor Leonardo Villar, jefe del servicio donde está ingresada la persona que le servirá de origen. No hay manera. El 27 de agosto de 1885, a las diez de la mañana, Carrión se presenta en la sala de Nuestra Señora de las Mercedes del Hospital Dos de Mayo con la decisión tomada.

Cuatro inoculaciones en la sala de las Mercedes

Le cuesta encontrar quien lo haga. Acaba aceptando su amigo, el doctor Evaristo M. Chávez, que le practica cuatro inoculaciones, dos en cada brazo, cerca del punto donde se aplica la vacuna. La sangre procede de una rasgadura hecha sobre un tumor verrucoso del enfermo Carmen Paredes, ingresado en el servicio del doctor Villar.

Dos días después, el 29 de agosto, El Comercio publica la noticia. El periódico informa de que un estudiante de medicina con trabajos avanzados sobre la verruga se ha hecho inocular sangre de un enfermo para observar en sí mismo los efectos. No hay secreto ni gesto oculto. El experimento se hace a la vista de Lima.

Durante las tres primeras semanas apenas ocurre nada. Picor en las zonas inoculadas, alguna molestia pasajera. El 17 de septiembre aparece un dolor intenso en el tobillo izquierdo que le impide caminar. A partir de ahí, la escalada.

Carrión anota todo. Temperatura, pulso, color de la piel, sensaciones. Escribe su propia historia clínica hasta finales de septiembre, cuando la fiebre y la anemia lo dejan sin fuerzas para sostener la pluma. Entonces pide a sus compañeros que sigan escribiendo por él. Ellos continúan el registro hasta el final.

El precio de la verdad

El cuadro que se instala en su cuerpo es el de la fiebre de La Oroya. Palidez extrema, ictericia, anemia que avanza rápido. La sangre inoculada venía de una verruga y lo que ha producido es la forma grave. Carrión saca la conclusión en voz alta y sus compañeros la transcriben. Los dos cuadros son fases de un mismo mal.

La escena de esos días deja detalles que valen más que cualquier adjetivo. El 2 de octubre se reúne la primera junta médica. El 3 de octubre el doctor Ricardo Flores le practica un recuento globular, el primero que se realiza en el Perú. La medicina peruana estrena una técnica de laboratorio sobre el cuerpo del estudiante que la había empujado hasta ahí.

El 4 de octubre lo trasladan a la clínica francesa Maison de Santé. Le administran inyecciones intravenosas de ácido fénico como último recurso. Entra en coma y muere el 5 de octubre de 1885, con 28 años, cuarenta días después de la inoculación.

La causa exacta de la muerte sigue discutiéndose. La mayoría de los historiadores médicos la atribuye a la fase aguda de la enfermedad. Salinas Flores y otros autores han señalado que las inyecciones de fenol pudieron acelerar el desenlace, dado lo que hoy se sabe sobre la intoxicación por esa sustancia. Hubo además acción judicial por la inoculación, y varios profesores se apresuraron a declarar que se había practicado sin autorización.

En 1886, al cumplirse el primer aniversario, el Estado peruano publica sus anotaciones bajo el título Apuntes sobre la verruga peruana. La enfermedad empieza a llamarse enfermedad de Carrión.

El legado científico, de Barton a los antibióticos

La evidencia clínica que dejó Carrión abre una línea de investigación que tarda décadas en cerrarse. En 1905, en el hospital de Guadalupe del Callao, el microbiólogo Alberto Barton estudia a catorce enfermos con fiebre y anemia y encuentra bacilos dentro de sus glóbulos rojos. Los llama cuerpos endoglobulares. Anuncia el hallazgo en una reunión científica en octubre de ese mismo año y lo publica en La Crónica Médica en 1909.

En 1913 llega a Lima la comisión de la Universidad de Harvard dirigida por Richard P. Strong. Confirma que Barton tenía razón sobre el germen y le pone el nombre que hoy conserva, Bartonella bacilliformis. Y comete un error de bulto. Vuelve a separar la fiebre de La Oroya y la verruga peruana como dos enfermedades distintas.

Ese mismo año, el entomólogo Charles Townsend captura en la estación ferroviaria de San Bartolomé, en Huarochirí, unos insectos que describe como Phlebotomus verrucarum. Hoy se llama Lutzomyia verrucarum. Es un flebótomo diminuto, nada que ver con un mosquito, que en la sierra se conoce como titira o manta blanca. Pica de noche y solo la hembra transmite. Michael Hertig completa el trabajo experimental sobre el vector en 1942.

La confirmación definitiva llega en 1926. Hideyo Noguchi, del Instituto Rockefeller, aísla Bartonella bacilliformis en las dos fases de la enfermedad y reproduce ambos síndromes inoculando monos rhesus. La inyección en sangre provoca la anemia febril. La subcutánea produce verrugas. La teoría unicista queda demostrada en el laboratorio cuarenta y un años después de que un estudiante la anunciara en su lecho. Una segunda expedición de Strong reconoce el error y la acepta.

El conocimiento acaba llegando a la cama del enfermo. La fase aguda responde hoy a antibióticos como el ciprofloxacino y el cloranfenicol, y la eruptiva a la rifampicina y los macrólidos. La enfermedad sigue presente. Es endémica en valles occidentales e interandinos situados entre unos 1100 y 3200 metros, allí donde vive el vector, y los brotes se asocian a los años de El Niño. Entre 1998 y el año 2000 hubo una epidemia en Calca, Urubamba, Chincheros, Ollantaytambo y Quillabamba, con 552 casos agudos notificados y 45 fallecidos. Lo que cambió es el desenlace cuando el diagnóstico llega a tiempo.

Memoria, ética y medicina peruana

El 5 de octubre quedó fijado en el calendario como Día de la Medicina Peruana, la misma fecha en la que se recuerda la creación del Ministerio de Salud. La Ley 25342, promulgada el 7 de octubre de 1991, declaró a Carrión Héroe Nacional. La Ley 29799, de 2011, lo reconoce como Héroe Nacional, Mártir y Maestro de la Medicina en el Perú. San Marcos le concedió el grado de médico que no llegó a recibir en vida.

Sus restos reposaron 86 años en un mausoleo del cementerio Presbítero Maestro, levantado en 1887. En 1971 fueron trasladados a una cripta construida bajo la rotonda central del Hospital Dos de Mayo, a pocos metros de la sala donde pidió la inoculación. Su nombre está en una universidad nacional en Cerro de Pasco, en una provincia del departamento de Pasco y en hospitales de todo el país.

Queda la parte incómoda, que no conviene maquillar. Su experimento fue criticado por parte del cuerpo médico de su tiempo. El Monitor Médico lo calificó de inoculación ligera y desautorizada, y sostuvo que existían métodos de experimentación fisiológica que debían agotarse antes de llegar al ser humano. La crítica tenía fundamento metodológico. Lo que hoy resulta imposible de discutir es la honestidad con la que se hizo, a la vista de todos y sin buscar nada para sí.

Un experimento así sería hoy inconcebible. La investigación con seres humanos se rige por comités de ética y por protocolos de consentimiento que protegen al participante por encima de cualquier resultado. Esa arquitectura no nació de la nada. Se construyó, en parte, sobre casos límite que obligaron a la ciencia a preguntarse hasta dónde podía llegar.

En el subsuelo del Dos de Mayo, a unos metros de la sala de las Mercedes, sigue estando el estudiante que nunca llegó a colgar el título.

Nota para quienes quieran ir un paso más allá. Si te interesa una mirada más técnica y detallada sobre la vida de Daniel Alcides Carrión, su contexto científico y el alcance real de sus investigaciones, puedes encontrar un análisis más profundo en este artículo de Science Driven: Daniel Alcides Carrión: ciencia, enfermedad y ética médica. Es una lectura complementaria pensada para quienes buscan entender la historia y también la ciencia que la sostuvo.

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Preguntas frecuentes sobre Daniel Alcides Carrión

¿Qué descubrió Daniel Alcides Carrión?

Carrión demostró que la fiebre de La Oroya y la verruga peruana son dos fases de una misma enfermedad. Se inoculó el 27 de agosto de 1885 sangre de una verruga y desarrolló el cuadro febril grave. Buscaba describir los síntomas iniciales de la verruga y la conclusión unicista llegó durante el propio experimento.

¿De qué murió Daniel Alcides Carrión?

Murió el 5 de octubre de 1885, cuarenta días después de la inoculación, con anemia grave, ictericia y fiebre. La causa exacta se discute todavía. La mayoría de los historiadores médicos la atribuye a la fase aguda de la enfermedad que hoy lleva su nombre, y algunos apuntan a las inyecciones de ácido fénico que recibió en sus últimas horas.

¿Por qué el 5 de octubre es el Día de la Medicina Peruana?

Porque ese día de 1885 murió Daniel Alcides Carrión, cuarenta días después de inocularse. La fecha quedó fijada como Día de la Medicina Peruana y coincide con el aniversario del Ministerio de Salud. La Ley 25342, de 1991, lo declaró Héroe Nacional, y la Ley 29799, de 2011, lo reconoció además como mártir y maestro de la medicina.

¿Qué es la enfermedad de Carrión y cómo se transmite?

Es una infección causada por la bacteria Bartonella bacilliformis, endémica de los valles occidentales e interandinos del Perú. La transmite la picadura de flebótomos del género Lutzomyia, conocidos como titira o manta blanca. Tiene una fase aguda con fiebre y anemia grave y una fase eruptiva con lesiones cutáneas sangrantes. No se contagia entre personas.

¿Quién descubrió la bacteria de la enfermedad de Carrión?

El microbiólogo Alberto Barton la observó en 1905 dentro de los glóbulos rojos de catorce enfermos y describió lo que llamó cuerpos endoglobulares. Anunció el hallazgo ese mismo año y lo publicó en 1909. La comisión de Harvard dirigida por Richard Strong le dio en 1913 el nombre que hoy conserva, Bartonella bacilliformis.

¿Todavía existe la enfermedad de Carrión en el Perú?

Sí. Sigue siendo endémica en valles andinos situados aproximadamente entre 1100 y 3200 metros, donde vive el vector. Entre 1998 y 2000 hubo una epidemia en zonas del Cusco con 552 casos agudos notificados y 45 fallecidos. Hoy responde a antibióticos como el ciprofloxacino y el cloranfenicol cuando el diagnóstico llega a tiempo.

Fuentes

Congreso de la República del Perú, Archivo General, Ley que declara Héroe Nacional a Daniel Alcides Carrión.

Biblioteca Nacional del Perú, La historia de Daniel Alcides Carrión (1857 a 1885).

Salinas Flores, D., La muerte de Daniel Alcides Carrión, una revisión crítica, Anales de la Facultad de Medicina, 2009.

Gonzales Escalante, A., Daniel Alcides Carrión, la teoría unicista, Revista de la Facultad de Medicina, Universidad Nacional de Colombia, 2016.

Maguiña Vargas, C. y colaboradores, Terapia antibiótica para el manejo de la bartonelosis o enfermedad de Carrión en el Perú, Revista Peruana de Medicina Experimental y Salud Pública, 2006.

Cáceres, A. y colaboradores, Vectores de la leishmaniasis tegumentaria y la enfermedad de Carrión en el Perú, Revista Peruana de Medicina Experimental y Salud Pública, 2017.

Pachas, P., Enfermedad de Carrión (bartonelosis) en el Perú, Ministerio de Salud, Oficina General de Epidemiología, 2001.

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1 comentario

Increíble! Que bien que se reconoce su mérito

Noa

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Se acabó este artículo sobre el Perú 🇵🇪

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