Vista aérea de La Rinconada, Perú, con casas en la ladera y montañas nevadas al fondo.

La Rinconada

A 5.100 metros sobre el nivel del mar, donde el aire se vuelve un lujo, existe una ciudad que desafía la propia idea de lo habitable. La Rinconada, en la región de Puno, es el asentamiento humano permanente más alto del mundo. Se extiende entre los 5.000 y los 5.300 metros por la ladera del nevado Ananea, al pie de un glaciar, y en ella viven entre 30.000 y 50.000 personas según las estimaciones que circulan, bastantes más de las que registra el censo. Cada respiración recuerda que la vida aquí se vive en hipoxia.

La Rinconada se encuentra dentro de la provincia de San Antonio de Putina y del distrito de Ananea, en la cordillera de Apolobamba, la que hace frontera con Bolivia. Puno suele evocar el lago Titicaca, y conviene aclarar un dato que se repite mal. El Titicaca es el lago navegable más alto del mundo, a 3.812 metros, y en los Andes hay lagunas bastante más altas. La Rinconada queda lejos de sus orillas, a unas cuatro horas por carretera desde Juliaca, en una de las zonas culturalmente más ricas y simbólicas del país.

El frío muerde incluso cuando el sol brilla. La temperatura media anual es de 1,3 °C, con 707 mm de precipitación al año, y a lo largo del año las temperaturas oscilan normalmente entre -11 °C y 6 °C. Los veranos son húmedos y traen nevadas frecuentes, los inviernos son secos y helados, y el viento no descansa. Sin árboles ni calles que amortigüen el clima, todo debe llegar por carretera de montaña, donde motores y pulmones luchan contra la altura.

Vivir en La Rinconada significa convivir con un oxígeno escaso que obliga a los cuerpos a modificarse para sobrevivir. Miles de personas hacen de este lugar su hogar y han creado una ciudad con una energía propia.

En este rincón extremo del Perú la geografía y la voluntad humana se encuentran en un equilibrio frágil, que recuerda que este país se extiende también hacia las alturas más imposibles del planeta.

Cómo es el día a día en La Rinconada

Vivir en La Rinconada es despertar cada mañana en un territorio donde el cuerpo aún está negociando con la falta de oxígeno y el frío no perdona ni siquiera dentro de casa. Las jornadas empiezan antes de que el sol asome entre las montañas, porque aquí cada hora cuenta y la energía física es un recurso tan valioso como el oro que se esconde bajo el hielo.

La mayoría de las personas dedica su vida a la minería artesanal. Hombres y mujeres entran a los túneles excavados en la montaña, galerías de hasta un kilómetro, húmedas y oscuras, donde el aire es aún más escaso que en la superficie. Allí extraen roca, la cargan a la espalda y la llevan hasta el exterior con la esperanza de que contenga una pequeña fracción del metal que da sentido a todo este sacrificio. Es un trabajo duro y físicamente extremo, y es el motor que sostiene la ciudad.

Fuera de las minas, La Rinconada se mueve como un organismo que se adapta a lo imposible. Hay personas que cocinan para los mineros, otras que venden herramientas, comida o ropa de abrigo, y muchas que reciclan, transportan o comercian con lo poco que logra llegar hasta aquí. Cada objeto, desde una botella de agua hasta una bombona de gas, ha tenido que subir en camión desde Juliaca por la única carretera. El pueblo carece de red de agua potable y de alcantarillado, así que el agua se compra y las aguas servidas corren por canaletas abiertas.

En esta adversidad surgen mercados improvisados, pequeñas tiendas y hogares construidos con lo que se tiene a mano. La Rinconada es una lección diaria de ingenio y resistencia, un lugar donde sobrevivir ya es una forma de triunfo y donde miles de peruanos convierten una de las geografías más duras del planeta en una comunidad que no se rinde.

La vida en hipoxia

A más de cinco mil metros de altitud, el oxígeno deja de ser un fondo invisible y se convierte en el protagonista de cada instante.

En La Rinconada la presión parcial de oxígeno del aire inspirado es la mitad que a nivel del mar, y el cuerpo humano tiene que reinventarse para poder seguir funcionando. Los pulmones respiran más rápido, el corazón bombea con más fuerza y la sangre produce muchos más glóbulos rojos para capturar hasta la última molécula de oxígeno disponible. Es una adaptación biológica real, una versión andina del cuerpo humano afinada para sobrevivir donde otros simplemente no podrían.

Este proceso se conoce como poliglobulia de altura o eritrocitosis. El organismo fabrica más hemoglobina y más glóbulos rojos para compensar la hipoxia crónica. En los rinconeros ese mecanismo llega más lejos que en cualquier otra población humana estudiada. Lo sabemos por Expedition 5300, un programa científico de la Universidad Grenoble Alpes y el INSERM dirigido por el fisiólogo Samuel Vergès, que desde 2019 ha examinado a cientos de vecinos. Los datos publicados en The Journal of Physiology en 2024 dan una concentración media de hemoglobina de 20,3 g/dL, frente a los 13 a 17 habituales en el llano. El hematocrito, la proporción de la sangre ocupada por los glóbulos rojos, alcanza en algunos habitantes el 80 % y hasta el 85 %, cuando un adulto a nivel del mar se mueve entre el 40 % y el 45 %. Hay rinconeros que llevan encima más de dos kilos de hemoglobina, el triple que un europeo de llanura. Vergès contó que la sangre salía violeta, casi negra, y que su viscosidad, unas tres veces mayor que la normal, llegó a atascar el aparato de análisis.

Esa adaptación tiene un precio. Una sangre tan espesa obliga al corazón, sobre todo a su lado derecho, a trabajar contra una resistencia enorme. Cuando el mecanismo se pasa de vueltas aparece el mal de montaña crónico, la enfermedad que describió el médico peruano Carlos Monge Medrano en los años 20 y que lleva su nombre. Cursa con dolor de cabeza, mareo, zumbidos, cansancio, labios y dedos azulados y riesgo cardiovascular. En La Rinconada afecta a alrededor de una cuarta parte de la población, y en quienes lo padecen la hemoglobina sube a 23,1 g/dL de media. El propio programa ensaya tratamientos, entre ellos la acetazolamida, y ha publicado que muchos vecinos con hematocritos altísimos presentan síntomas sorprendentemente leves, lo que obliga a repensar cómo se define la enfermedad. El cuerpo vive en un equilibrio delicado, calibrado para la altura y para ningún otro entorno.

Algunos habitantes describen pesadez y dolor de cabeza los primeros días cuando bajan a Juliaca o a la costa. No hay estudios que lo hayan medido en esta población. Lo documentado va en sentido contrario. Al descender, el exceso de glóbulos rojos pierde su función, el cuerpo lo retira en cuestión de semanas y los síntomas del mal crónico mejoran.

Para quienes no viven en altura, el viaje en sentido contrario es igual de impactante.

Subir hasta La Rinconada suele provocar fatiga, dolor de cabeza, náuseas y una sensación de que el aire no llena los pulmones. Ese malestar tiene nombre en los Andes, soroche, el mal agudo de montaña. Es la respuesta natural del cuerpo a la hipoxia, una señal de que aún no ha tenido tiempo de adaptarse a un entorno donde incluso respirar requiere aprendizaje. Los propios científicos de Expedition 5300 lo sufrieron en Puno, a 3.800 metros, antes de seguir hasta La Rinconada, y aclimatarse del todo a 5.100 metros lleva alrededor de un mes.

Si quieres saber más sobre cómo es la vida en hipoxia en altitudes tan extremas, en Science Driven hay un artículo dedicado a ello.

El oro como motor de esperanza

En La Rinconada el oro es una filosofía de vida, una fuerza invisible que empuja a miles de personas a levantarse cada día y volver a internarse en la montaña. Aquí cada piedra puede contener una historia distinta, y esa posibilidad, por pequeña que sea, es suficiente para sostener una ciudad entera en uno de los lugares más extremos del planeta.

El oro ha acompañado al Perú desde tiempos ancestrales. Fue sagrado para las civilizaciones prehispánicas, símbolo de poder, de conexión con lo divino y de riqueza natural. En el Ananea se extrajo desde época inca y virreinal, pero el pueblo tal como hoy existe es reciente. El campamento minero tomó forma en los años 90 y se disparó con la subida del oro en la década de 2000, cuando el precio del metal creció un 235 % y la población pasó de unas pocas cabañas a decenas de miles de personas. Ese legado sigue vivo, transformado en una búsqueda diaria que mezcla tradición, fe y determinación.

La búsqueda tiene un sistema propio, el cachorreo, el modo de pago más singular del Perú. El diccionario de peruanismos lo define como un trabajo no asalariado cuya única compensación es el oro que el minero pueda encontrar en un lapso corto de días. En la práctica el obrero trabaja entre 25 y 30 días al mes para el contratista sin cobrar y a cambio dispone de entre uno y cinco días en los que la roca que saca a la espalda es suya. Si contiene oro, gana. Si no, ha trabajado un mes gratis. Un minero entrevistado por la OIT en 2025 contó que una sola vez había sacado 14.000 soles en un día de cachorreo. Hay quien sostiene que el sistema tiene raíces en el ayni, la reciprocidad andina, mientras que la OIT lo considera una modalidad que vulnera la legislación laboral. Alrededor de los socavones trabajan las pallaqueras, mujeres quechuas y aimaras que revisan los desmontes en busca de los fragmentos con oro que a los mineros se les pasaron. El metal se separa de la roca con mercurio, y Expedition 5300 señala esa contaminación, junto con la silicosis, como los asuntos de salud ocupacional que la ciudad tiene pendientes.

Por encima del valor económico, el oro funciona como un motor psicológico. Representa la posibilidad de cambiar de vida, de enviar dinero a la familia, de construir algo mejor en otro lugar del país. Es una chispa de futuro en un entorno donde el presente es duro y nunca está vacío de significado. En ese brillo dorado, Perú muestra la cara de un pueblo que, incluso en las alturas más inhóspitas, sigue creyendo en la promesa de mañana.

Una ciudad que se construye y celebra a sí misma

La Rinconada nació de personas, sin plan urbano ni diseño estatal. Casas levantadas con lo que se tiene a mano, tiendas improvisadas y cocinas que humean entre el hielo y el barro forman un paisaje urbano frágil, donde cada pared y cada tejado cuentan una historia de ingenio peruano.

Lo organiza una red invisible de acuerdos, costumbres y colaboración. Quien llega encuentra a alguien que vende comida caliente, a alguien que alquila una habitación, a alguien que ofrece herramientas o transporte. La vida se articula en pequeños intercambios. Es una forma de urbanismo espontáneo, donde la necesidad se convierte en arquitectura y la comunidad en infraestructura.

Cuando el trabajo en la mina termina y el sol se esconde tras las cumbres heladas, la ciudad cambia de ritmo. De las casas y de los pequeños locales empiezan a salir risas, música, platos calientes y botellas compartidas. Celebrar se convierte en una forma de resistencia y también de identidad.

La comida ocupa un lugar central. En La Rinconada los platos abrigan. En las mesas aparecen caldos de cordero y de gallina, chairo (la sopa puneña de chalona, papa, chuño y verduras), sopas de quinua, chupe caliente, papas andinas, arroz con carne, trucha del altiplano y guisos preparados con ají, cebolla y hierbas de la sierra. Ingredientes sencillos, profundamente peruanos, que aportan energía y calor a cuerpos que viven en hipoxia y frío permanente. La trucha, por cierto, guarda un dato que sorprende incluso en Puno. La trucha arcoíris (Oncorhynchus mykiss) es una especie introducida, que llegó al Perú en los años 20 de la mano de la Cerro de Pasco Corporation y se sembró en el sistema del Titicaca entre 1941 y 1942 desde la estación piscícola de Chucuito. Hoy Puno es el primer productor de trucha del país. Compartir estos platos es también una forma de sostenerse unos a otros frente a la dureza de la montaña.

La música hace lo mismo de otra forma. Huaynos, cumbia, salsa y sonidos que llegan desde otras partes del país llenan el aire delgado de vida, recordando que Perú también late aquí, en lo más alto.

Incluso en este techo urbano del mundo, La Rinconada demuestra que la vida es creación y calor compartido, con una voluntad de seguir adelante que no se aprende en ningún otro sitio.

La Rinconada como símbolo del Perú

La Rinconada resume lo que es el Perú. Un país que se estira desde el océano hasta las cumbres más extremas, desde la abundancia del mar hasta la escasez del aire, y que mantiene una identidad reconocible en cada rincón.

En este lugar imposible se encuentran muchas de las fuerzas que definen al país. Una geografía que desafía, una historia marcada por la búsqueda de riqueza y una capacidad humana poco común para adaptarse y seguir adelante. La gente que vive en La Rinconada convierte la altura en hogar y demuestra que el espíritu peruano es tan resistente y diverso como su territorio.

Desde las minas heladas hasta las playas del Pacífico, desde la hipoxia de los Andes hasta el aire salado de la costa, Perú es un país de contrastes que se complementan. La Rinconada, suspendida entre el cielo y la tierra, recuerda que este país se mide en la variedad de formas en las que su gente aprende a vivir y a celebrar.

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Preguntas frecuentes sobre La Rinconada

¿Dónde está La Rinconada?

La Rinconada se encuentra en el sur del Perú, en la región de Puno, dentro de la provincia de San Antonio de Putina y el distrito de Ananea, en la cordillera de Apolobamba, cerca de la frontera con Bolivia. Se llega por carretera desde Juliaca en unas cuatro horas. Queda lejos del lago Titicaca, que es el lago navegable más alto del mundo a 3.812 metros.

¿Por qué La Rinconada es la ciudad más alta del mundo?

La Rinconada se extiende entre los 5.000 y los 5.300 metros sobre el nivel del mar por la ladera del nevado Ananea, una altitud a la que ninguna otra población permanente del planeta se acerca. Es un centro poblado minero sin rango administrativo de ciudad, aunque todo el mundo la llama así, y existe porque bajo el glaciar hay oro.

¿Cómo puede vivir la gente con tan poco oxígeno?

El cuerpo fabrica muchos más glóbulos rojos. Expedition 5300, el programa científico de la Universidad Grenoble Alpes, midió en los habitantes de La Rinconada una hemoglobina media de 20,3 g/dL y hematocritos de hasta el 85 %, frente al 40 a 45 % normal. La mayoría lo tolera, pero alrededor de una cuarta parte desarrolla mal de montaña crónico, con una sangre tan espesa que sobrecarga el corazón.

¿Qué es el soroche?

El soroche es el nombre andino del mal agudo de montaña. Aparece cuando una persona asciende rápidamente por encima de los 2.500 metros y su cuerpo aún no ha tenido tiempo de adaptarse a la falta de oxígeno. Provoca dolor de cabeza, náuseas, insomnio y fatiga, se previene subiendo despacio y mejora al descender. Aclimatarse del todo a la altitud de La Rinconada lleva alrededor de un mes.

¿A qué se dedica la mayoría de la población de La Rinconada?

La principal actividad económica de La Rinconada es la minería artesanal de oro, que sostiene la vida y el funcionamiento de la ciudad. Los mineros trabajan bajo el cachorreo, sistema en el que pasan entre 25 y 30 días al mes sin cobrar y a cambio disponen de unos pocos días en los que la roca que extraen es suya. El resto del pueblo vive de venderles comida y alojamiento.

¿Por qué tanta gente quiere vivir en La Rinconada?

Por el oro. Para las decenas de miles de personas que habitan La Rinconada, entre 30.000 y 50.000 según las estimaciones, el oro representa una oportunidad de mejorar su futuro, enviar dinero a sus familias y construir una vida mejor en otras partes del Perú. La población es flotante y sube o baja según el precio del metal y la dureza del invierno.

Fuentes

  • Champigneulle, B. et al. (2024). Expedition 5300: limits of human adaptations in the highest city in the world. The Journal of Physiology, 602(21). DOI 10.1113/JP284550
  • Hancco, I. et al. (2020). Excessive Erythrocytosis and Chronic Mountain Sickness in Dwellers of the Highest City in the World. Frontiers in Physiology
  • Instituto Nacional de Estadística e Informática (2018). Censos Nacionales 2017. Puno, resultados definitivos
  • Organización Internacional del Trabajo (2025). «Cachorreo», el sistema con que se explota laboralmente a los mineros en La Rinconada
  • Finnegan, W. (2015). Tears of the Sun. The New Yorker
  • El Comercio (2014). La trucha, el pez que fue traído al Perú y criado por mineros
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6 comentarios

Admirable el esfuerzo para subsistir entre la adversidad del clima

Sakena

Que hermoso sacrificio de vida, con el tpo las personas se adaptan y que han nacido en el lugar, pero no dejar de pensar en la creación del ser humano por nuestro Dios que pensó en lo mas mínimo en para nuestra supervivencia. Lindo mensaje que también nos lleva a reflexionar sobre las bendiciones y gran amor de nuestro Dios

Celeste Raquel Aguilar Lizama

Joba me han dado ganas de ir a visitarlo y todo!! Que sitio tan humano y bonito, quitando la falta de oxígeno claro. Excelente artículo!

Noa

Bonito y curioso artículo.

Miguel

excelente y entendible articulo¡¡ me ha dado a conocer unos datos que no sabia de mi hermoso Perú

rocio

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