¿Qué celebramos en el Perú el 28 de julio?

¿Qué celebramos en el Perú el 28 de julio?

Mike Munay

Hay un mes en el que el Perú entero cambia de color.

Desde los primeros días de julio las banderas brotan en los balcones de Lima, en las ventanas de Arequipa, en los mototaxis de Iquitos, en los restaurantes de Piura y en las plazas más altas de los Andes. Huele a anticucho en las esquinas, los colegios ensayan marchas con tambores y cualquier barrio puede amanecer convertido en desfile. Llegan las Fiestas Patrias, el gran momento del año.

El 28 de julio celebramos la proclamación de la independencia del Perú, aquella mañana de 1821 en que José de San Martín la anunció ante la multitud reunida en la Plaza Mayor de Lima. Doscientos cinco años después, la fecha sigue encendiendo al país entero.

La fiesta oficial dura dos días. El 28 recuerda la proclamación y el 29 rinde homenaje a las Fuerzas Armadas y a la Policía Nacional con la Gran Parada Militar. En la práctica, julio entero se vive en clave patria. Se iza la bandera, se prende la escarapela en el pecho, se cocina para veinte aunque en casa vivan cuatro y el himno se canta con la mano en el pecho y los ojos brillando.

Y si el 28 te agarra lejos, la fecha duele y abraza al mismo tiempo. Más de tres millones y medio de peruanos viven fuera del país, uno de cada diez según el INEI, y ese día todos repiten el mismo ritual. Buscar un ceviche en Madrid, una pollería en Chicago, un huayno en Buenos Aires. Llamar a casa, ponerse la blanquirroja, tararear Contigo Perú con la voz a medio quebrar. Celebración, nostalgia y sentimientos bonitos, todo junto y sin pedir permiso.

Fuera del Perú, sin embargo, la fecha se entiende a medias. A más de uno le sorprende que el día nacional de un país sea el aniversario de su independencia, y de esa sorpresa nacen malentendidos que conviene despejar. Para eso estamos. Para contar qué celebramos de verdad los peruanos cada 28 de julio y para mandar, de paso, un mensaje de unión al mundo.

Qué NO es el Día del Perú

Empecemos por el equívoco más repetido. El Día del Perú no guarda rencor hacia España ni hacia lo español. Nadie cuelga la bandera pensando en agravios de hace dos siglos y en ninguna mesa peruana se brinda contra alguien. Se brinda por el Perú, que es distinto.

El peruano está orgulloso de su mestizaje, y lo está con todas sus letras. Por nuestras venas y por nuestras ollas corren lo andino y lo español, lo africano y lo chino, lo japonés, lo italiano y lo amazónico. Esa mezcla es la gran riqueza del país. La abuela que reza el rosario y le convida hoja de coca a la Pachamama, el apellido castellano junto al quechua, el arroz chaufa en la misma mesa que el jamón ibérico. Todo eso es el Perú, y renegar de una sola de esas raíces sería destruir parte de nuestra identidad.

¿Qué celebramos entonces con la independencia? La reafirmación de una identidad propia. Tras casi trescientos años de virreinato español, en el Perú ya había nacido algo nuevo. La identidad prehispánica se había transformado y la española también. Quedó una fusión con rostro propio, que hablaba castellano y quechua, que rezaba a Cristo y respetaba a los apus, que cocinaba pachamanca y puchero en la misma semana. Una fusión bonita, distinta de sus dos orillas y fiel a ambas.

Esa fusión fue posible porque en estas tierras hubo mestizaje. Un reemplazo cultural habría borrado una de las dos herencias; la mezcla las guardó juntas y creó una tercera, con lo mejor de cada casa. Durante generaciones se compartieron matrimonios, cocinas, devociones y palabras, hasta que ser peruano significó exactamente eso, ser hijo de muchos mundos sin renunciar al propio origen.

Conviene además mirar 1821 con los ojos de 1821. En aquel tiempo la independencia era el camino que tenía un pueblo para afirmar su mayoría de edad, y toda América lo recorrió en la misma ola, de México al Río de la Plata. Las ideas liberales cruzaban el Atlántico en ambas direcciones, la propia España vivía la resaca de sus Cortes de Cádiz y el mundo entero discutía quién debía gobernar a quién. Si aquel impulso llegara hoy, en un planeta de tratados, autonomías y comunidades de naciones, probablemente tomaría otras formas. Entonces se hacía así. Y así se hizo.

Con España nos une lo que une a los hermanos que crecieron en casas separadas. Compartimos una lengua en la que caben Miguel de CervantesCésar Vallejo, apellidos, santos, refranes y sobremesas largas. Crecimos en mundos diferentes, a un océano de distancia, y por eso somos distintos. Distintos, jamás enemigos.

Hoy España acoge a una de las comunidades peruanas más grandes del mundo, cada año miles de españoles suben a Machu Picchu y en cualquier barrio de Lima un andaluz se siente en casa a los diez minutos. La familia es la familia.

Qué celebra el Perú cada 28 de julio

Celebramos una identidad que viene de muy lejos y que cabe en una palabra, peruanidad. Se despliega en mil cosas concretas. Estas son algunas.

El orgullo andino, la memoria más antigua de América

Todo empieza hace unos cinco mil años, cuando en el valle de Supe se levantó Caral, la civilización más antigua del continente americano. Desde entonces esta tierra encadenó culturas como quien teje una manta, Chavín, Paracas, Nazca, Moche, Wari, Chimú, hasta llegar al Tahuantinsuyo, el imperio que ordenó los Andes desde el Cusco. De esa memoria viene el orgullo andino que todo peruano lleva puesto, sepa quechua o no. Viene la cosmovisión que entiende la tierra como una madre viva, la Pachamama, a la que se le convida antes de beber. Vienen los apus, las montañas protectoras que vigilan los valles. Y vienen dos lenguas que siguen sonando cada día, el quechua, que cerca de cuatro millones de peruanos aprendieron antes que el castellano según el censo de 2017, y el aimara del altiplano.

Esa herencia se toca con las manos. Se toca en Machu Picchu, la ciudadela que corona el Valle Sagrado y que el mundo eligió entre sus siete maravillas modernas. En las líneas de Nazca, trazadas hace unos dos mil años sobre el desierto con una precisión que todavía hace discutir a los arqueólogos. En Sacsayhuamán y sus piedras encajadas al milímetro sin una gota de argamasa. En el Titicaca, el lago navegable más alto del planeta, donde los uros viven sobre islas de totora. Y en la selva, ese mar verde que cubre más de la mitad del territorio, donde cada amanecer suena a mil pájaros distintos.

Los símbolos de la peruanidad

Cuenta la leyenda, recogida por Abraham Valdelomar, que San Martín despertó en la bahía de Paracas, vio pasar una bandada de parihuanas de alas rojas y pecho blanco, y de ahí salieron los colores de la bandera. Sea historia o sea sueño, el rojo y el blanco visten al país entero cada julio. El escudo resume la promesa nacional en tres riquezas: la vicuña, el árbol de la quina y la cornucopia, es decir, el reino animal, el vegetal y el mineral de una tierra que lo produce casi todo. Y está el himno, que arranca con una promesa vigente desde 1821: Somos libres, seámoslo siempre. Cualquier peruano que lo haya cantado en un estadio sabe lo que pasa por dentro en ese momento.

La gastronomía, la mesa donde cabemos todos

Si hay un territorio donde la peruanidad se vuelve unánime es la mesa.

  • El ceviche, declarado Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la Unesco en 2023, con su leche de tigre que levanta muertos.
  • La papa, que esta tierra le regaló al planeta y de la que el Perú conserva más de tres mil variedades nativas con nombres que son poemas, huayro, peruanita, huamantanga.
  • El ají que lo enciende todo.
  • La causa limeña
  • La pachamanca que se cocina bajo tierra entre piedras calientes, un abrazo directo de la Pachamama.
  • El rocoto relleno y el chupe de camarones de las picanterías de Arequipa.
  • El juane que viaja envuelto en hoja de bijao por los ríos de la selva.
  • El suspiro a la limeña.
  • Los picarones del huarique.

 Y una capital, Lima, sentada con derecho propio entre las grandes mesas del planeta. Ahí está Maido, elegido mejor restaurante del mundo en 2025 por The World's 50 Best, y ahí estuvo Central, que ya había alcanzado ese mismo trono en 2023. Dos restaurantes limeños en lo más alto del mundo en apenas dos años.

La música, del huayno al cajón

La música peruana es un mapa emocional. El huayno que baja de la sierra con arpa y violín y se canta con el corazón apretado. La marinera, ese cortejo elegantísimo de pañuelos que cada enero corona a sus campeones en Trujillo. El vals criollo de las peñas, con Chabuca Granda al frente y La flor de la canela como himno paralelo. El festejo y el landó afroperuanos, puro cajón y caderas. Los danzantes de tijeras, atletas rituales del Ande que la Unesco reconoció como patrimonio de la humanidad en 2010. La melodía de El cóndor pasa, que Daniel Alomía Robles compuso en 1913 y que el mundo entero ha tarareado alguna vez sin saber que era peruana. Y esa ley no escrita que se cumple en cualquier estadio, en cualquier boda y en cualquier despedida. Cuando suena Contigo Perú, se canta de pie.

La biodiversidad, una tierra que lo tiene casi todo

El Perú es uno de los países megadiversos del planeta. Tiene desierto costero, cordillera y Amazonía en un mismo pasaporte, y esa escalera de pisos ecológicos explica casi todo lo demás. Más de mil ochocientas especies de aves lo colocan entre los primeros países del mundo para quien mira al cielo con binoculares, con el gallito de las rocas, nuestra ave nacional, ardiendo en naranja entre la niebla. El cóndor todavía planea sobre el cañón del Colca, uno de los más profundos de la Tierra. Las vicuñas corren libres por las alturas con la fibra animal más fina del planeta sobre el lomo. En las islas Ballestas se amontonan lobos marinos, pingüinos de Humboldt y nubes de aves guaneras a un par de horas de Lima. Y el Amazonas, el río más caudaloso del mundo, nace de un hilo de agua helada en las cumbres de Arequipa antes de atravesar el continente entero.

Lo que el Perú le regala al mundo

Y está lo que sale de aquí y alimenta al resto. La papa peruana cambió la historia de Europa cuando cruzó el océano, y hoy no existe cocina en el mundo que no la use. El Perú es el primer productor y exportador mundial de quinua y encabeza desde hace siete años la exportación mundial de arándanos. Sus espárragos, sus uvas y sus paltas llegan a los supermercados de medio planeta. El café de altura y el cacao fino de aroma ganan premios con nombre propio. El algodón pima del norte viste a las mejores marcas y la fibra de alpaca abriga pasarelas de París a Tokio. A eso se suma la gastronomía convertida en industria, en escuelas y en restaurantes peruanos abiertos en cada gran ciudad del mundo. El Perú produce y el planeta lo agradece.

Cinco orgullos peruanos imposibles sin el mestizaje

Cada cultura que llegó dejó algo en la olla y algo en el alma. Estos cinco orgullos nacionales existen porque el Perú mezcló. Quítale una sola raíz y la lista desaparece.

1. El ceviche

El pescado fresco se comía en esta costa miles de años antes de Colón, apenas macerado, con ají y con lo que la tierra daba. El limón llegó después en los barcos españoles, con los cítricos que a su vez habían viajado desde Asia, y la cebolla hizo el mismo camino. De ese encuentro nació el plato que hoy es patrimonio de la humanidad y bandera nacional. Tradición pesquera milenaria, ácido llegado de fuera y ají nativo en un mismo plato hondo.

2. El lomo saltado y el chifa

Desde 1849 llegaron al Callao decenas de miles de trabajadores chinos, y con ellos el wok, el sillao y una manera de saltear a fuego violento. Cuando esa técnica abrazó a la carne, la cebolla, el tomate y la papa frita criolla, nació el lomo saltado, el plato que cualquier peruano reclama como suyo sin pensarlo dos veces. De esa misma historia salieron los chifas, los restaurantes de fusión chino-peruana que en Lima se cuentan por miles y que convirtieron el arroz chaufa en comida de casa.

3. El tiradito y la cocina nikkei

En 1899 el vapor Sakura Maru desembarcó en el Callao a los primeros 790 inmigrantes japoneses. Sus hijos y nietos juntaron el corte limpio y el respeto japonés por el pescado crudo con el ají y la leche de tigre de la costa peruana. El resultado se llama cocina nikkei, tiene en el tiradito a su hijo más famoso y en 2025 tocó techo. Maido, el restaurante nikkei de Mitsuharu Tsumura (Micha para los peruanos) en Lima, fue elegido el mejor del mundo. Sin ese barco de 1899, nada de esto estaría en la carta.

4. El cajón peruano

Los africanos esclavizados en la costa peruana vieron prohibidos sus tambores, así que hicieron música con las cajas de madera del puerto. De esa dignidad convertida en ritmo nació el cajón, corazón del festejo, del landó y de la marinera, declarado Patrimonio Cultural de la Nación en 2001. Y aquí la historia da un giro precioso. Una noche de 1977, en una fiesta en la residencia del embajador de España en Lima, Chabuca Granda cantaba La flor de la canela acompañada por el cajonero Caitro Soto. Entre los invitados estaba Paco de Lucía. El guitarrista quedó fascinado, le compró a Caitro el cajón por doce mil pesetas y se lo entregó a su percusionista Rubem Dantas. Según contó el propio Paco, a los seis meses ya había un cajón en cada casa flamenca de España. Hoy el flamenco entero lleva pulso afroperuano, y esa deuda confesada es uno de los abrazos más bonitos entre nuestros dos países.

5. El Señor de los Milagros

A mediados del siglo XVII, un esclavo de origen angoleño pintó un Cristo en una pared de adobe del barrio limeño de Pachacamilla. El muro sobrevivió al terremoto de 1655 y a los que vinieron después, y alrededor de esa imagen creció la devoción más multitudinaria del Perú. Cada octubre Lima se viste de morado y el Señor de los Milagros sale en andas entre cientos de miles de fieles, en una de las procesiones católicas más grandes del planeta, con olor a incienso y a turrón de Doña Pepa. Fe traída de España, manos africanas, pueblo mestizo. Imposible resumir mejor lo que somos.

Y hay una consecuencia de todo esto que se ve en cualquier fotografía de grupo. El Perú es uno de los países más diversos del mundo también en los rostros. Así como tiene costa, sierra y selva, tiene en su gente todos los fenotipos del planeta, rasgos andinos, europeos, africanos, chinos, japoneses y amazónicos, mezclados en todas las proporciones posibles. José María Arguedas lo dejó escrito en un título que ya es definición de país, Todas las sangres. Aquí nadie sobra en la foto, porque la foto somos todos.

Orgullosos de ser peruanos

La mañana del sábado 28 de julio de 1821, José de San Martín se asomó a la Plaza Mayor de Lima y pronunció las palabras que todo escolar peruano conoce: El Perú es desde este momento libre e independiente por la voluntad general de los pueblos y por la justicia de su causa que Dios defiende. El corazón del poder español en Sudamérica tardó tres años más en apagarse, hasta que el ejército unido al mando del mariscal Sucre selló la independencia en la pampa de Ayacucho, el 9 de diciembre de 1824. La historia completa de ese argentino al que los peruanos sentimos nuestro la contamos en este otro artículo sobre el Protector del Perú, y merece lectura aparte.

Doscientos cinco años después, ser peruano sigue siendo una emoción difícil de explicar y facilísima de sentir. Es el olor del cilantro y del ají recién molido. Es un huayno que suena de pronto y moja los ojos. Es la primera vez que se ve Machu Picchu al amanecer y la garganta no responde. Es la blanquirroja un día de partido, la escarapela en el pecho del abuelo, la voz de la mamá preguntando si ya comiste. Es saberse heredero de Caral y del Cusco, de Ayacucho y del Callao, del Ande y del mar.

Este 28 de julio levantaremos la copa en Lima y en Madrid, en Cusco y en San Francisco, en Trujillo y en cualquier rincón donde haya un peruano con nostalgia y un ceviche delante. Brindaremos por el país que nos vio nacer y también por España, la hermana con la que compartimos lengua, santos y sobremesa, porque las familias bien avenidas celebran juntas los cumpleaños.

Feliz día, Perú querido. Que vivan tus doscientos cinco años de identidad, que viva tu gente dentro y fuera, y que viva esa manera tuya, única en el mundo, de convertir la mezcla en orgullo.

¡Viva el Perú, carajo!

Preguntas frecuentes sobre el 28 de julio

¿Qué se celebra el 28 de julio en el Perú?

Se celebra la proclamación de la independencia del Perú, anunciada por el general José de San Martín en la Plaza Mayor de Lima el 28 de julio de 1821. Es el día central de las Fiestas Patrias y la gran fiesta de la identidad peruana.

¿Por qué las Fiestas Patrias duran dos días?

El 28 de julio conmemora la proclamación de la independencia y el 29 rinde homenaje a las Fuerzas Armadas y a la Policía Nacional del Perú con la Gran Parada y Desfile Cívico Militar.

¿Cuándo se independizó el Perú?

La independencia se proclamó el 28 de julio de 1821 y quedó sellada el 9 de diciembre de 1824, tras la batalla de Ayacucho, que puso fin al virreinato del Perú.

¿El 28 de julio es una celebración contra España?

No. Las Fiestas Patrias celebran la identidad mestiza del Perú, que abraza con orgullo sus raíces andinas, españolas, africanas y asiáticas. La relación actual entre el Perú y España es de hermandad, con cientos de miles de familias que viven a caballo entre los dos países.

 

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1 comentario

Con el corazón apretado, ¡Que viva el Perú! ❤️🇵🇪

Sara Navarro

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Se acabó este artículo sobre el Perú 🇵🇪

Esperamos que te haya gustado y que hoy sepas un poquito más sobre este increíble país, su cultura y su gente.

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